Todo lo que se decía  en su momento por parte de la oposición, que les preocupaba acerca de lo se estaba acordando en La Habana con el grupo terrorista de las Farc, resultó cierto. 

Nada se pudo hacer para cambiar el curso peligroso que tuvieron las cosas, porque a medida que avanzaba el diseño del Acuerdo,  el presidente Juan Manuel Santos (JMS) se encarga de negarlo y desmentirlo. 

Con tal convencimiento (uno debe creerle a su presidente) que tranquilizaba a la preocupada audiencia. 

Pero nadie sabía con total certeza que este personaje tenebroso era un maestro excelso de la mentira y la patraña, o de lo que hoy se llama la post-verdad. 

De tal manera que pudo ir avanzando a través de esa estrategia, aprendida en el curso de su vida profesional y personal, que seguramente desde niño mostró su propensión por tan desafortunada patología.

Cuando la mentira es una enfermedad es cuando es mas peligrosa por que el mentiroso no se da cuenta que la dice. Esta poseído por un fuerte sentimiento (parece ser que es de origen bioquímico, es decir inevitable) de creer que lo que dice es verídico, tanto que ni los gestos, ni un mínimo parpadeo lo puede delatar, ni siquiera la maquina que detecta a los mentiroso puede descubrirlo, porque es un acto total de autoconvencimiento.

Aunque hay mucho de ineludible en esta afección, esta postura es más peligrosa cuando se usa para llevar a cabo un plan trazado de antemano, cuya intención fue implementar una política diseñada por el Foro de Sao Pablo, y la de a su vez destruir la imagen venerada o hitica del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Hay mucho de iconoclasta, de alguien que quiere destruir un sistema que viene funcionando con cierta eficiencia y optimismo. 

El ego mezclado con mitomanía y con una fuerte dosis de iconoclastia, es una bomba de tiempo que cuando estalla arrasa todo un sistema y en el caso que nos ocupa puede acabar con un Estado democrático.

En política nada es más peligroso que un mitómano con poder, porque el mal triunfa ante la buena voluntad y el silencio de los buenos, que sucumben ante ese dominio, sobre todo en una época donde la llamada post- verdad está en boga, ya que uno no sabe si creer o no creer. 

La política santista de la post-verdad ha venido patrocinando la desinformación, las injurias peligrosas a lo Joseph Fouché, el complot inmoral, las mentiras disfrazadas de verdad, las conspiraciones maquiavélicas, la manipulación del pueblo y de los medios de comunicación, algunos ya descaradamente cooptados.

JMS se dio cuenta que es muy efectiva y de lo muy beneficioso que ha sido el uso de ella, que insiste en seguir utilizándola a pesar de su aparente retiro de la política, sin temor y recato alguno. 

Y los negociadores del gobierno y los miembros de las Farc se dieron cuenta desde el comienzo de las reuniones, de lo fructífera que podía ser, que el Acuerdo tuvo que ser montado y llevado a cabo a través de la post-verdad, que no es otra cosa que la verdad a medias, la mentira disfrazada de verdad.

Lo peligrosa de esta estrategia estuvo en que se utilizaron las herramientas de la democracia, como la prensa, la libertad de expresión, los plebiscitos, para imponerla en detrimento de la propia democracia.

@GabrielTorices

Publicado: septiembre 10 de 2020