Hoy rindo homenaje a Ronald Reagan, un hombre de carácter, que hizo de la coherencia ideológica su mejor carta de presentación.

A propósito de las elecciones presidenciales norteamericanas de este año, las cuales  han permitido constatar falta de liderazgo, enorme mediocridad y ausencia de principios, hoy rindo homenaje a Ronald Reagan, un hombre de carácter, que hizo del sentido común y la coherencia ideológica su mejor carta de presentación.

Nada que ver con los títulos académicos encopetados –preferibles pero no indispensables-, ni con el establishment que hoy representa la señora Hillary Rodham Clinton, o con la chabacanería que encarna el señor Donald J. Trump, dos candidatos que han mojado prensa más por los escándalos y por los insultos que se han sabio lanzar, que por el brillo de sus ideas.

Como muchos, añoro las épocas en que la calidad de las respuestas permitía avizorar un futuro posible para todos, amenazado de nuevo por la debilidad y lo “políticamente correcto”, a expensas, en muchos lugares, de la paz.

Sin duda, viene a mi memoria ese antiguo gobernador de California que llegó a la Casa Blanca para acabar con la Unión Soviética, sin disparar un solo tiro, dando fin a la plaga comunista que azotó al planeta por 72 años. Con Reagan fuimos testigos de un nuevo amanecer.

Quien fuera actor, locutor, presidente de los actores de Hollywood y portavoz de General Electric, se destacó por la asertividad de sus palabras y por un gran sentido del humor, elementos que le permitieron derrotar con creces, en los debates de 1980, al presidente demócrata Jimmy Carter, arrasando en el Colegio Electoral (489 votos para Reagan; 49 para Carter).

Cuatro años más tarde, Reagan obtuvo 525 votos electorales y Walter Mondale, su oponente de entonces, sólo 13. Récord histórico, sólo comparable con los triunfos obtenidos por Franklin Delano Roosevelt en la época del New Deal.

Como gobernante de principios, Reagan impulsó una política económica que redujo el tamaño del estado, rebajó drásticamente los impuestos y estimuló la creación de medianas y pequeñas empresas, lo cual generó para su país una época de bonanza inusitada. Eso que los expertos llamaron “Reaganomics”.

Otro gran aporte de su legado, acogido por personalidades como san Juan Pablo II, Margaret Thatcher, Mijail Gorbachov, Helmut Kölh, Francois Mitterrand, entre otros dirigentes que compartieron momentos decisivos para el mundo con el cuadragésimo presidente de los Estados Unidos, fue el de colocar la Libertad por encima de cualquier otro valor.

Inspirado en sus profundas convicciones, Reagan defendió la vida y re-direccionó los recursos federales que Carter había dado al aborto, hacia estrategias que enfilaban baterías contra las drogas e impulsaban la prevención: “Just say no” (“Sólo di no”) fue una campaña que destapó el problema de la adicción juvenil, y permitió a los adolescentes conocer los efectos de las sustancias psicoactivas en el organismo. Nancy, su esposa, jugó un papel fundamental en esta batalla, apareció en comerciales de televisión y fue invitada a numerosas charlas en universidades y colegios.

En este punto y hora de la historia, el mundo necesita este tipo de liderazgos. Porque no es con blandenguerías que se derrotan las amenazas actuales. Son otros tiempos, dirán algunos; de acuerdo. No obstante, el asunto es cuestión de principios, y los principios son atemporales.

Con todo respeto: Trump, simpatizante de los Clinton en los 90’s, ¿no será un caballo de troya del Nuevo Orden Mundial, utilizado para asegurar la continuidad de una política tibia y atea? ¿Qué nos espera como especie con Hillary en la presidencia, si ya anunció su apoyo al aborto -incluso en el noveno mes de gestación-, y jamás ha negado su simpatía por la perversa ideología de género? ¿Aló, aló? Por favor, me comunica con el Vaticano…

 “No cambies de lugar los linderos establecidos por tus antepasados.” (Proverbios 22,28).

@tamayocollins