En 2018 más de 22 mil mujeres sufrieron violencia sexual en Colombia. La cifra no puede ser más preocupante, sobre todo porque al confrontar los casos, el 47 por ciento, es decir, casi la mitad de esas víctimas fueron menores de edad. Resulta más preocupante aún que de casi 10 mil niñas abusadas, el 60 por ciento de estos abusos acabó en embarazo.

Si evaluamos un poco más atrás, hay que decir que entre 2010 y 2015, más de 875 mil mujeres denunciaron ser víctimas de violencia sexual en Colombia, es decir que cada año en el país, casi 150 mil mujeres son violadas. Por Dios, esto tiene que parar ya.

Varias preguntas surgen amén a esta realidad, por demás abrumadora e infame. ¿Qué estamos haciendo como sociedad para contrarrestar este flagelo? ¿Hemos dimensionado el problema? ¿Qué tan solidarios somos como ciudadanos?

Nada más esta semana, y en pleno metro de Medellín, una mujer tuvo la valentía de grabar y denunciar a un tipo que manoseaba a una joven. Lo que más preocupa es que el video desnuda no solo el descaro del abusador, sino también una falta de solidaridad impresionante por parte de quienes presenciaron el indignante acto de este sujeto, revelando otra realidad, el escepticismo de una sociedad que vuelca todas sus frustraciones en las redes, pero que -tal vez por miedo- no hace nada para proteger a las mujeres y niñas.

En la mayoría de los casos, -no lo digo yo, lo dicen las cifras- el abusador está en la casa o hace parte del entorno familiar de la víctima. Aquí se configura una especie de sombra social, muy oscura, que impide visibilizar a las víctimas porque en ninguna familia queremos tener un padre o un tío o primo abusador, y menos un niño abusado. Ese silencio hace casi imposible restituir derechos a la víctima y actuar de manera más enérgica.

En el Meta por ejemplo, han sido denunciados sujetos de todas las clases sociales, desde el vendedor de empanadas hasta el profesor del colegio. Muchos de estos docentes por ejemplo, no han visto otra sanción que un simple traslado. Es decir, le quitamos el predador a un colegio y se lo pasamos a otro. Porque aquí no denunciamos, y si lo hacemos, nos encontramos con unas barreras jurídicas tan grandes que muchas víctimas han preferido guardar silencio.

He visto el interés de los fiscales y jueces que a diario enfrentan estas denuncias, pero eso no basta. La sobrecarga laboral es tal, que por ejemplo al CAIVAS de Villavicencio, que no cuenta con más de 20 funcionarios entre fiscales, investigadores y equipo interdisciplinario de la Alcaldía, Gobernación y el ICBF, llegan entre 30 y 50 denuncias semanales por violencia sexual. Es tan grave la situación, que en este momento solo hay un psicólogo forense -indispensable en cada caso- para abordar más de 1.200 denuncias que actualmente están represadas.

En este CAIVAS solo hay un vehículo que transporta a las víctimas para las muchas diligencias que trae implícita la denuncia. Duele ver a la familia de una víctima sin cómo transportarse, aumentando el duelo que implica ver un hijo o hija abusados sexualmente, y sin esperanza de justicia.  Pero hay una barrera aún mas grande, y es el lado jurídico de los casos. Temas como la flagrancia y otras figuras que es urgente evaluar, hacen que la mayoría de las denuncias vayan a parar a los empolvados anaqueles de la impunidad.

Todo esto tiene que llevarnos -y urgente- a la búsqueda de leyes más efectivas y procesos más ágiles en materia de denuncia y resultados para dar con los abusadores y llevarlos ante la ley. Es claro también que este caos judicial es un tema de presupuesto, y seguiremos gestionando para fortalecer a las instituciones, y en eso estamos comprometidos desde la Comisión Séptima de la Cámara de Representantes. Pero necesitamos indudablemente del concurso de toda la sociedad. La solución también depende de cómo estamos educando a nuestros hijos. ¿Estamos criando mujeres independientes y con visión futurista o solo niñas sumisas? En cuanto a los varones ¿son nuestros hijos niños que respetan a sus hermanas, a sus profesoras y a sus propios padres? ¿No será que con nuestra permisividad y silencio estamos gestando sin pensar a los futuros Garavito y Rafael Uribe Noguera de mañana?

La oscura sombra que hoy encubre a la violencia sexual ya acabó con la vida de Rosa Elvira Celis, de Yuliana Samboní y de otras tantas, son seguro miles de casos que quizá nunca conoceremos, pero que se pudieron prevenir de muchas maneras. Es hora de dar el salto, hacer catarsis y actuar. Mientras escribo esta columna, en algún lugar; una mujer, una niña o niño está siendo abusado. Ahí ya tenemos un motivo para no seguir callando.

@JenniferAriasF

Publicado: julio 11 de 2019