La ubicua presencia del mal en todo tiempo y lugar, trátese del que procede de causas naturales o del imputable al interior del hombre, lleva a no pocos a dudar de la existencia de Dios o al menos ya de su bondad, ora de su omnipotencia. Pero de ese modo nos declaramos derrotados ante el mal y proclamamos su imperio. Es el triunfo del que el Evangelio llama el Príncipe de este Mundo.
Es indiscutible que el mal desafía nuestro entendimiento y somete a dura prueba todas nuestras convicciones. Estas, como lo observa Jean Guitton en un interesante libro, “El Absurdo y el Misterio“, se mueven entre esos dos extremos. Para unos, que siguen la lógica mundana, son creencias absurdas, irracionales. Ya San Pablo alertaba sobre este extremo: lo que es locura para el mundo, es sabiduría ante Dios. Otros nos orientamos por medio de ellas para transitar por los vericuetos del misterio del mundo, una de cuyas facetas es precisamente la del mal.

No hay respuestas sencillas acerca de su naturaleza, su origen y su presencia en la vida humana, sobre todo cuando deja de ser una hipótesis y se convierte en realidad pura y dura: ¿Por qué a mí me suceden estas cosas y no a otros?

Leí hace poco el testimonio de un profesor de Harvard que se hizo católico después de trasegar por distintas experiencias espirituales, a partir del  judaísmo en que transcurrió su infancia. La cuestión que más lo agobiaba era precisamente la del mal que hace dudar de Dios. Resolvió sus incertidumbres con un sencillo razonamiento: ¿Acaso soy juez de Dios?

La fe, esa iluminación que muestra otros caminos y llama a seguirlos aun a costa de nuestra aparente racionalidad, obró en su caso, al igual que en muchos otros. Nuestro entendimiento no alcanza a captar el sentido de la Providencia Divina. 

Marshall McLuhan, el célebre teórico de las comunicaciones, a quien se debe la expresión “aldea global” para referirse a nuestro mundo actualmente interconectado, dijo después de su conversión al catolicismo que “a la Iglesia se entra de rodillas”. Para adaptarse a ella hay que sacrificar nuestro orgullo intelectual, nuestras dudas persistentes, nuestra tendencia a explicarlo todo.

¿Qué mayor misterio que el de nuestra redención que hoy celebramos? Y, ¿cómo podemos negarla? Los que hemos bordeado abismos tenebrosos sabemos que solo por el misterio de la gracia de Dios no nos hundimos en ellos, destruyendo nuestras vidas y las de nuestros seres queridos.

Otros han tenido que sufrir tremendas pruebas para corregir el rumbo de sus vidas y vislumbrar que tras la oscuridad que las ha circundado podían surgir luces de esperanza con anuncios promisorios de la presencia liberadora del bien. 

El mal existe y hace de las suyas. ¿Cómo negarlo? Pero el bien obra en nuestras vidas de muchas maneras, a menudo las más inesperadas, tanto que nos atrevemos a considerarlas milagrosas. 

La ceremonia que hoy presidió el Santo Padre nos ofreció múltiples muestras del mal, a través de testimonios a cual más descarnado. Pero a esa Via Crucis se le presentó como contraste la Via Lucis del arrepentimiento, del perdón, de la posibilidad de levantarse después de las más aparatosas caídas, de la conversión que hace de un demonio un ángel.

No nos dejemos vencer por las insidias del Maligno. En un mundo de tinieblas, brillan luces de bondad que alientan nuestro combate espiritual, el que libramos a diario para ser mejores y no sucumbir ante las tentaciones que nos asedian. A este Viernes de Dolor le seguirá un triunfal Domingo de Resurrección.

A propósito de ello, acabo de releer con gran provecho la novela de Tolstoi que titula precisamente “Resurrección”. Me impactó profundamente hace más de medio siglo, cuando la conocí a través de una preciosa película rusa. Hoy la he entendido a cabalidad. Todos estamos llamados a resucitar a partir de la experiencia de Cristo resucitado.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: abril 14 de 2020