Continúo aclarando la verdad histórica sobre la Guerra de Los Mil Días basado en documentos que en mi poder reposan.

Cumpliendo lo ofrecido al embajador Carlos Martínez Silva, Uribe Uribe publica el Manifiesto de Paz, del que tomo este aparte: “El objetivo de la apelación a las armas no es la guerra por sí misma sino el triunfo. No se trata de ejecutar hazañas sino de vencer… Pero hemos llegado al punto en que se impone la cesación de la lucha. El Gobierno es impotente para debelar la revolución, pero la revolución es impotente para derribar al Gobierno. Hace muchos meses que la campaña está limitada a un infructuoso tejer y destejer de operaciones, y a un tomar y dejar territorios, que a nada conduce…” El gobierno rechaza el manifiesto y da la orden tajante al embajador de no negociar. Buena parte del partido Liberal lo recibe también con frialdad.

Uribe persevera y en otra carta a Martínez Silva le expresa: “(…) Pese sobre quien pesare la culpa del origen de la guerra, queda establecido que la responsabilidad de su continuación no es imputable al Partido Liberal. La guerra pudo haber cesado al otro día de llegado al poder el señor Marroquín, si teniendo en cuenta lo que había de común en las reivindicaciones del Partido Liberal y del Conservador, y la similitud de procedimientos revolucionarios empleados por uno y otro para suprimir el régimen nacionalista, hubiesen sido ofrecidas bases aceptables de convenio a los jefes liberales…”

Martínez Silva, ante su infructuosa gestión con el gobierno le responde a Uribe: “(…) Siento mucho que no hubiéramos podido usted y yo concluir algún arreglo que, aprobado en Bogotá por el gobierno, hubiera dado por resultado no solo la terminación de la guerra en Colombia, sino la completa pacificación del país…”

En un último esfuerzo le solicita a Martínez que no haya recriminaciones entre sus copartidarios, y agrega: “Y para que no se crea que el consejo es interesado, admito desde luego una excepción: la de mi propio nombre. Porque tengo la conciencia tranquila sobre todos mis actos, no necesito la misericordia del silencio: venga el juicio, vengan las acusaciones cuando quieran, y sea cual fuere la sentencia, me someteré sin defenderme”.

Después de un nuevo período de lucha, ante su fracaso en Nueva York para lograr la paz, negocia con el General Juan B. Tovar la paz de quienes lo siguen en la Hacienda Neerlandia, pese a lo cual, el ministro de guerra José J. Casas reacciona con este telegrama: “Servíos disponer que inmediatamente se juzgue a Uribe por un consejo verbal de guerra y que a la sentencia se le de cumplimiento sin contemplación alguna”. Tovar le responde al ministro: “He ganado la espada que llevo al cinto, combatiendo lealmente en los campos de batalla; prefiero romperla sobre mi rodilla, que mancharla con la sangre mal derramada y la violación de la palabra que en nombre del gobierno he comprometido”. 

Finalmente, el General Herrera, triunfante en varias batallas en Panamá para evitar la posible separación del istmo y, siguiendo la insinuación y ejemplo de Uribe, firma la paz definitiva en el acorazado Wisconsin. Uribe lo celebra, pero opina: “la hemos firmado en la casa del león”

El Rincón de Dios

“El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.” Santa Teresa de Calcuta.

@rafuribe

Publicado: abril 24 de 2020