El padre Hernando Uribe Carvajal publicó la semana pasada en El Colombiano un escrito verdaderamente antológico: “La Paz” Coincidencialmente, hoy encuentro en Patheos-New Visions un precioso escrito de Karen Azar Rubin titulado “What is the Peace of Christ?

Ambos coinciden en que la paz es ante todo un estado interior del alma individual, que se proyecta en nuestras relaciones interpersonales y en últimas en la vida comunitaria. 

La paz está en el centro del mensaje evangélico. Ya Isaías anuncia a Nuestro Señor como el “Príncipe de la paz” (Isaías 9:6). Los seres celestiales que celebraron su advenimiento alabaron a Dios con estas palabras: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: esta es la hora de su gracia” (Lucas 1:2, 14). Al término de la Última Cena les dijo a sus discípulos: “Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo…” (Juan, 14:27) En sus manifestaciones después de la Resurrección les decía: “La paz esté con vosotros” (Juan 20:26). Y al anunciar las Bienaventuranzas proclamó: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mateo 5:9).

La paz es característica del Reino de Dios que se anuncia en el Evangelio: “…Y sepan que el Reino de Dios está en medio de ustedes” (Lucas 17:21).  No es la paz que da el mundo, sino otra, más profunda, más intensa, más real. 

No se trata de de la paz aparente que ofrecen los manuales de autoayuda, ni la que se observa entre las personas educadas o en las comunidades que procuran ajustarse a los cánones de la civilización, ni muchísimo menos la que se estipula en acuerdos que constituyen apenas remedos suyos, ni la más de mil veces convenida y traicionada de que trata el libro de  Jonathan Holslag, “Tres Mil Años de Guerra y Paz: Una historia política del mundo”, que ahora estoy leyendo gracias al amable regalo que me hicieron mis discípulos de la promoción de 1979 de la Facultad de Derecho de la UPB, con motivo de la celebración del cuadragésimo aniversario de haber egresado de ella.

Es una paz activa que se proyecta amorosamente hacia la trascendencia de la persona, buscando el crecimiento y la profundización de la vida espiritual.

Escribe Rubin que, en rigor, la paz que nos deseamos antes de la Comunión quizás pueda sintetizarse en esta bendición: “Que el Espíritu encuentre campo fértil y crezca en su interior, que el amor sirva de soporte para sus pasos, y pueda usted tener el coraje para seguir su camino. Que la paz de Cristo esté con todos ustedes”.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: enero 31 de 2020