Una pregunta que, por obvias razones, la gente no se hace con frecuencia y que  impacta por su carga moral. 

Hace unos meses participé en una charla de la senadora del Centro Democrático, Paola Holguín, quien expuso magistralmente sus argumentos en contra del “Acuerdo de Paz” del presidente Santos con las Farc.

Bastó una pregunta para hacer reflexionar profundamente al auditorio: “¿Usted ha matado a alguien?”, le preguntó la senadora, uno a uno, a todos los asistentes que ocupábamos el recinto.

Es una pregunta que, por obvias razones, la gente no se hace con frecuencia y que necesariamente impacta por su altísima carga moral.  A mi, particularmente, la pregunta de la senadora Holguín me cayó como un balde de agua fría, me despertó.

Algunos contestamos a viva voz que “no”, otros lo hicieron con el movimiento de su cabeza y fue evidente el rechazo colectivo, como lo es también entre la gran mayoría de colombianos, a la hora de condenar cualquier acto de violencia que atente contra la vida y la integridad de las personas que son sagradas.

La senadora Holguín remató con un segundo interrogante: “¿Y entonces?”.  Se refería ella a la pasividad de muchos en Colombia que hemos doblegado nuestra moral en nombre de la “paz”.  El razonamiento es sencillo: si sabemos que no hay nada en nuestro interior que justifique acabar con la vida del otro, más allá de la acción legitima del Estado, que debe intervenir siempre en defensa de los más débiles, ¿por qué vamos a ser permisivos con aquellos que desprecian la vida y han violado sistemáticamente esta regla de oro?

¿Por qué vamos a permitir que los mayores asesinos en la historia reciente del país se pavoneen haciendo gala de sus crímenes?  ¿Por qué esa actitud vergonzante de muchos que llegamos incluso a justificar la violencia narco-terrorista en nombre de la protesta y el descontento social?  ¿Por qué aceptar que es la única manera de evitar nuevos asesinatos y cedemos de esa manera al chantaje de los violentos e inmorales?

Desde ese día, reafirmé mi convicción de que la paz no se obtiene a cualquier precio.  Es más, difícilmente se puede hablar de paz cuando los mayores criminales no han hecho un acto de contrición, ni han pagado, así sea mínimamente, por sus delitos, como es el caso de las Farc.

No es fácil para mi abordar este tema.  Soy hijo de un militar que hasta hace muy poco tiempo estaba preso por una condena relacionada con un grave crimen, como la “masacre de Mapiripán”, y ahora se encuentra en libertad gracias al acuerdo del actual gobierno con las Farc.

Al respecto, debo decir que mi papá, quien siempre se ha declarado inocente, recuperó su libertad luego de pagar 16 años de cárcel, así que no fue una concesión gratuita, y lo hizo como un acto de supervivencia y con la esperanza de demostrar su inocencia en una jurisdicción distinta a la ordinaria que es sinónimo de corrupción.

Yo no he matado a nadie y no justificaría que alguien lo hiciera por fuera de las reglas del Estado de Derecho, ni siquiera tratándose de mi papá, en el caso de que fuera culpable.  Por eso, voté negativamente el plebiscito del pasado 2 de octubre: Ver video. 

Por eso, he denunciado públicamente a los verdaderos autores de la “masacre de Mapiripán”: www.uscateguiesinocente.com

Por eso, me levanto todos los días a trabajar.

@jjuscategui

Publicado: julio 31 de 2017