La Senadora y Precandidata a la presidencia por el Centro Democrático, María del Rosario Guerra sostuvo el día de ayer que quisiera que el Expresidente Álvaro Uribe Vélez la acompañara como candidato a la vicepresidencia en su fórmula presidencial. Más allá de la discusión sobre la interpretación del artículo 197 Constitucional, que esta noticia va a suscitar y que girará alrededor de la viabilidad jurídica de incluir al exmandatario en el tarjetón, a la luz de la modificación hecha por el acto legislativo 02 de 2015, hay que decir que el anuncio es en sí mismo una apuesta arriesgada, cuya conveniencia vale revisar.

Proponiendo a Uribe como candidato a la vicepresidencia la exministra logra varias cosas. Para comenzar, una mayor exposición de su nombre en todos los medios nacionales.  También garantiza a los posibles votantes que militan el Centro Democrático o sienten por este partido afinidad, que con ella como presidente no ocurriría lo que pasó con Santos. Lo que garantiza es, en otras palabras, su propia lealtad al partido y la figura de Uribe. Así, la Senadora se suma automáticamente no solo los votos de esos que están a la espera de que el partido escoja de manera definitiva a su candidato – el que Uribe diga, tal y como aparece en algunas encuestas-, sino que se arroga también los votos de esos que quieren a Uribe, pero no están dispuestos a seguir a cualquiera que designe su partido. Un voto por ella sería de manera muy literal, un voto por su vicepresidente.

La lista de repercusiones negativas es larga y es fácilmente previsible la construcción del discurso al que tendría que enfrentarse una fórmula que incluya como vicepresidente a una persona que estuvo a la cabeza de un gobierno y durante ocho años. Las acusaciones sobre la falta de independencia de la posible presidencia de Guerra; el subsiguiente argumento de la reelección indefinida, las especulaciones sobre la eventual renuncia de la Senadora al puesto para cederlo al jefe natural de su partido y finalmente la acusación de la perpetuación en el poder, y la palabra dictadura.

Lo primero que habría que ver es si a pesar de ese discurso, tener al exmandatario como vicepresidente sería suficiente para ganar las elecciones en la primera vuelta. Si la figura de Álvaro Uribe es capaz de convocar a más del 50 por ciento de los votantes, y si apostar por eso es lo bastante seguro. Porque lo que es casi seguro es que no ganar en la primera vuelta muy probablemente significaría no poder ganar en la segunda.

Otros aspectos a considerar serían la alianza con los Conservadores que se encuentra ya perfeccionada y en marcha, y cómo acomodarla a este posible escenario; y el daño que haría a la representación en el Congreso que Uribe no encabezara la lista cerrada al Senado. En caso de perder la presidencia el partido quedaría muy debilitado.

Pero hay una manera, una fórmula mágica para quedarse con todas las repercusiones positivas y ninguna de las negativas: Que Uribe no acepte, que para no aceptar recuerde su compromiso con la democracia y que se aproveche la oportunidad para recordar la alianza política con esa gran porción de los Conservadores y el deber de honrarla. Si así estuvo planeado, o si así se dan las cosas, puede que el exmandatario termine por agradecerle a María del Rosario Guerra su gesto de lealtad con un guiño de cara a la escogencia del próximo candidato. ¿Y si el candidato saliera de las filas del conservatismo? Bien podría pasar que el próximo vicepresidente no fuera Uribe sino ella.

@daraujo644

Publicado: julio 15 de 2017