La entrevista que el presidente Uribe le concedió a la periodista Vicky Dávila, en W Radio, es un reflejo exacto de la personalidad y talante del exgobernante colombiano, brutalmente perseguido por un sector de la justicia que montó e impulsó una investigación carente de pruebas y en el marco de un caso en el que él -Uribe- es víctima del cartel de falsos testigos, estructura criminal que lidera el senador comunista y afecto a la banda terrorista de las Farc, Iván Cepeda.

Uribe es un hombre que pone la cara, que no elude preguntas, que enfrenta todas las circunstancias y que no se le esconde a la opinión pública.

El llamado a indagatoria, cita que deberá cumplirse el próximo 8 de octubre, es evidentemente un menoscabo a la dignidad, honra y buen nombre del presidente Uribe, un ciudadano superior que trabajó denodadamente para evitar que Colombia se fuera por el abismo. 

Como bien lo recordó en la entrevista, “a los muchachos no les han contado el país del 2002. No conocen cómo era Colombia y cómo quedó”. 

Aquello es perfectamente cierto. El país que Uribe encontró cuando asumió la presidencia de la República el 7 de agosto de 2002, estaba al borde del colapso. El terrorismo tenía perfectamente sitiada a la sociedad. La gente no podía moverse de sus casas. Las carreteras eran intransitables, por cuenta de la presencia permanente de guerrilleros y paramilitares. Más de 200 municipios no tenían presencia de policía y sus alcaldes no podían gobernar desde sus respectivas poblaciones. 

No hay que llamarse a engaños: en 2002, Colombia era un país descuadernado, en el que el poder real estaba en manos de la guerrilla y las autodefensas. 

La labor de reinstitucionalización no fue sencilla, pero el resultado fue real. En cuestión de meses, la Fuerza Pública pudo regresar a todos los rincones de la patria. Las carreteras volvieron a ser transitables. La percepción de seguridad creció y automáticamente Colombia se volvió un país muy atractivo para los inversionistas locales y extranjeros. 

El presidente Uribe es un político deliberante, que no se amilana cuando de defender unas ideas se trata. En palabras suyas, “la vida pública resumida en 60 minutos, 2 son sabrosos y 58 de dificultades”.

Sobre la descabellada acusación que se le ha hecho, en la entrevista con la periodista Dávila, el presidente Uribe fue claro al repetir nuevamente que “yo no he ido a buscar testigos, ni a sobornar testigos”. Lo cierto e incontrovertible es que él, cuando conoció la tramoya que estaba urdiendo el comunista profarc, Iván Cepeda, se dio a la tarea de desmontar el entramado. Así mismo, tan pronto fue informado de que los testigos de Cepeda expresaron su disposición de retractarse, en todos los casos, delegó a su abogado, el jurista Diego Cadena, para que se encargara de esas gestiones, siempre con apego a la ley.

Quienes condenan abusivamente al presidente Uribe, tienen que reconocer que en las más de 21 mil horas de grabaciones interceptadas ilegalmente por la corte suprema -por orden del beodo exmagistrado Barceló- no hay una sola expresión o palabra suya que sea violatoria de las normas. 

Genio y figura hasta la sepultura. Empieza una nueva etapa de la vida pública de Álvaro Uribe Vélez, esta vez ante una corte suprema perfectamente corrompida y politizada. Su inocencia, que salta a la vista, quedará confirmada y, de paso, develada la brutal y asquerosa persecución que se ha desatado en contra suya. 

Cuando Vicky Dávila le inquirió si buscaría asilo en otro país, para evitar la acción de ese remedo de justicia que lo investiga, la respuesta del presidente Uribe fue contundente y no deja espacio para las interpretaciones: “el único asilo que yo quiero, es en el corazón de los colombianos”. 

@IrreverentesCol

Publicado: agosto 22 de 2019