Año 2002, primera vuelta, obtuvo el 53% de los votos. Sin maquinaria ni respaldos parlamentarios. Aquella vez, 5.8 millones de colombianos votaron por él. En 2006, el respaldo subió al 62.35%. En esas elecciones se enfrentó a 3 gigantes electorales: Carlos Gaviria, Horacio Serpa y Antanas Mockus. No obstante, logró conquistar el respaldo de 7.4 millones de ciudadanos.

En la medida en que Uribe ha consolidado su liderazgo político, sus rivales, conscientes de su imbatibilidad en la arena electoral, se concentraron en la descalificación personal, buscando la manera de sacarlo del escenario a través de montajes y persecuciones.

En 2010, contra todos los pronósticos, logró que su candidato, una persona inviable, con dificultades para comunicarse  y sin una sola idea propia, ganara las elecciones con el 69% de los votos.

Santos, sin el apoyo de Uribe, peleaba con el margen de error. Cuando se volvió uribista, pudo alcanzar la presidencia de la República.

En las elecciones de 2014, se designó a Zuluaga como candidato uribista. Otro pésimo aspirante, sin carisma y con cuestionamientos. A pesar de ello, Uribe se enfrentó al poderoso gobierno de Santos y logró ganar en la primera vuelta.

Si aquellas elecciones se perdieron en la segunda vuelta, fue por el influjo masivo de dineros de Odebrecht –fenómeno que después se vino a saber, también se había presentado en la candidatura de Zuluaga, sin conocimiento de Uribe-.

La gran campaña política de Álvaro Uribe fue la del plebiscito. En aquel certamen, se estaba jugando el todo por el todo. Se trataba de hacerle frente a un acuerdo nefasto y nocivo para la salud de la República.

Uribe tenía todo en contra. Enfrentaba a la maquinaria estatal, a las Farc haciendo proselitismo armado, a los grandes medios de comunicación y a los principales empresarios del país que estaban irrigando con miles de millones de pesos la campaña del SÍ.

No se amilanó. Estaba convencido de que la razón estaba de su lado. Su argumentación siempre fue la misma: la paz era necesaria, pero con un acuerdo distinto, en el que no se le entregara la democracia a una banda terrorista cuyos crímenes en la práctica iban a quedar impunes.

Las firmas encuestadoras, irresponsables y poco rigurosas, reflejaban una aplastante victoria del SÍ.

Los números no fruncieron el empeño ni el ánimo de Uribe quien continuó haciendo campaña contra viento y marea. Nuevamente el pueblo estuvo de su lado y ganó aquel plebiscito cuyo resultado fue robado por Santos, apoyado por su entonces vicepresidente Germán Vargas y su negociador, Humberto De la Calle.

Cuando empezaba la campaña de este año, los enemigos de Uribe se jugaron sus restos. Como las falacias de sus fantasiosos vínculos con el paramilitarismo no les había funcionado, pusieron a rodar la tesis de que él había violado a una periodista.

La infamia no prosperó, pero los autores de la misma creyeron que ésta había sido suficiente para afectar su candidatura al Senado. El tiro les salió por la culata. Uribe sacó el resultado más alto de la historia del país y su partido, el Centro Democrático, se consolidó como la principal fuerza del Senado de la República.

De cara a las elecciones presidenciales, un sector corrupto y politiquero de la justicia y de la corte suprema montaron el cuento de que él estaba detrás de una operación de manipulación de testigos.

La verdad de aquella historia es totalmente distinta: Uribe, a lo largo de los años, ha sido víctima de montajes judiciales, erigidos sobre el decir mentiroso de unos testigos que han sido reclutados y pagados por personas oscuras y peligrosas, como el senador comunista Iván Cepeda Castro.

La cereza del pastel de calumnias y bellaquerías fue entronizada dos días antes de la primera vuelta, cuando un periodista del New York Times de ideología abiertamente izquierdista, desde Venezuela publicó un artículo en el que recogió un antiguo cable emitido por la embajada de los Estados Unidos en Bogotá en los años 90, en el que se citaba un chisme canalla del difunto exsenador santista Luis Guillermo Vélez con el que se pretendía vincular a Uribe con la mafia antioqueña.

Tan poco sustento tiene dicho rumor que Vélez en 1994 apoyó a Uribe en su campaña por la gobernación de Antioquia y en 2006 fue el fundador del partido de La U y uno de los principales de la reelección del presidente en aquel año.

Los hechos son incontrovertibles. Desde hace 16 años y de forma ininterrumpida, el gran elector y líder político de Colombia ha sido Álvaro Uribe. Sus enemigos se han equivocado intentando atajarlo llevando el debate político a escenarios que no corresponden. En vez de haber perdido tiempo y dinero planificando montajes judiciales contra él, mucho mejor les habría ido si hubieran dedicado sus esfuerzos planificando una plataforma programática seria para hacerle frente a las ideas de Uribe.

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 29 de 2018