Dos hechos lamentables y que desafortunadamente sucedieron en Córdoba  me obligan a escribir sobre la maldad en este país. Por un lado, el registro estremecedor en Tierra Alta donde un niño desconsolado patea el piso y golpea su dolor contra unas paredes de bahareque de su improvisado hogar: una paupérrima choza de palma. La escena del crimen: ¡dantesca! La madre tirada en la calle polvorienta -cual cagajon- y la  cruel morbosidad de los curiosos alrededor. Todo es desagradable en esa tragedia, lo más detestable de ese video: la indiferencia .Quienes ven esta escena  dan la vuelta, retroceden, abandonan  el lugar para no enredarse. No hay una muestra de empatía y la consonancia moral ausente con las víctimas. Sus hijos, huérfanos de todo. Ajeno a los móviles: líder social, invasores de tierra o de propiedad privada, relación con narco o micro tráfico es el ser humano en la calle y su dignidad en el suelo

El otro me recuerda a  Garrick el de “Reír Llorando” (Juan de Dios Peza). El impúdico “cartel de las chapas” y sus  cínicos  corruptos. Les robaron la sonrisa a nuestros ancianos, hurtaron del erario cerca de tres mil millones. Y la impunidad permite que los responsables reciten y cumplen  apartes del poema: “viajad y os distraeréis”.

Desde el punto de vista neurobiológico: ¿porque somos malvados?. Está en nuestros genes o es esto consecuencia del boquete social que incendia nuestros ánimos e incinera el entorno. Son los factores ambientales los determinantes de nuestra conducta. Los dos hechos descritos, dolor y risa, nos demuestran lo cruel y despiadado que somos como sociedad.

Investigaciones científicas ponen en descubierto la existencia del “gen del guerrero”. Hay una estructura en nuestro mapa genético, el gen MAOA quien se  encarga de metabolizar la dopamina. Este neurotransmisor es responsable de muchas funciones en el cerebro, entre estas el comportamiento, la cognición y la parte motora. Su equilibrio regula las funciones sociales y las  emociones de alto tono: violencia, amor. La variante de MAOA-L, cuya absorción de dopamina es demasiado baja –llamada “gen del guerrero”– hace a las personas proclives hacia los comportamientos violentos y toma decisiones de alto riesgo. La explicación biológica aislada no satisface para entender estos comportamientos que nos definen, tristemente hoy, como una sociedad de tinte violento y  malvada.

Esta sucesión de hechos vergonzosos, comportamientos reprochables  y amorales  nos  gradúan como colectivo  antisocial. Nuestra piel quemada por tanta violencia  nos hace insensibles al dolor y al daño. Crímenes como este no nos conmueve, los sentimos distantes. Burlescos robos como el de las cajas de dientes, los aceptamos como creativos. Perdimos la empatía y la conexión emotiva de ciudadanos de bien.

Tenemos que reemplazar el gen de los comportamientos violentos, la mutación es posible si preparamos el terreno y construimos el entorno. Somos la mezcla del bagaje genético y su interacción con el medio ambiente. Armonizar  esta relación y empezar a escribir la nueva página; solo existe una caligrafía: educar y formar con el ejemplo. Este país  lo que necesita son otros cromosomas en su DNA: el “gen del batallador”. Luchar contra la inequidad y asumir el papel que nos toca como protagonista del control social. Aún hay tiempo para cambiar el gen que nos condena al precipicio social y a la inviabilidad como nación.

@Rembertoburgose

Publicado: julio 5 de 2019