El proyecto que aprobó esta semana el Senado para prohibir el castigo físico como método de corrección trae consigo un interesante debate sobre la crianza de los menores. Aunque todos rechazamos con vehemencia el maltrato, no sé hasta qué punto la regulación del Estado debe ser tan invasiva y llegar a tal nivel de detalle.

Esa iniciativa, cabe resaltar, está muy bien intencionada. Eliminar cualquier acto de violencia de nuestra sociedad es un proceso lento que exige un cambio cultural que solo dará frutos en el mediano plazo.

Sin embargo, no me dejan de asaltar ciertas dudas que quizás a todos se nos pasaron por la mente cuando conocimos la noticia de la aprobación de este proyecto. ¿Cuál es el límite entre una palmada para corregir y el maltrato físico? ¿Debe llegar la regulación del Estado a tal nivel de detalle?

Por ejemplo, era común escuchar de nuestras madres y abuelas que una palmada puesta a tiempo evitaba que los niños se descarriaran y se acostumbraran a malas prácticas. Claro, jamás hasta llegar al punto de maltratar la integridad del menor, pero sí como un método de formación que le envía un mensaje al niño de las consecuencias negativas que tiene actuar de manera indebida.

No obstante, el gran punto en esta discusión es determinar hasta dónde va esa zona gris entre la corrección y el maltrato, cuál es el límite entre una palmada que forma y una agresión que genera secuelas. Evidentemente no es fácil delinear…

Quizás por eso es que el proyecto cortó por lo sano y no entró en ese debate, sino que eliminó de tajo cualquier acción de crianza que acuda a la fuerza física, es decir, en teoría ya no se podría corregir al menor con una palmada o una correa.

Y digo en teoría porque la iniciativa tiene un aspecto que puede ser tanto bueno como malo y es que no estableció una sanción para los padres que acudan al castigo físico. En otras palabras, este es un proyecto de naturaleza pedagógica y no punitiva. El problema con esto es que la efectividad de la norma recae en la sanción que acarrea su incumplimiento, con lo cual esta legislación puede terminar siendo un saludo a la bandera.

No obstante, más allá de esa particularidad jurídica, lo cierto es que este tipo de medidas pueden generar consecuencias inesperadas. Por ejemplo, si la palmada ya no es una opción de corrección, ¿serán los gritos el método por excelencia al que los padres acudirán para validar su autoridad? ¿Qué pasará en el caso en que un menor actúe con total altanería e irrespeto ante sus padres?

Como lo dije al principio, no sé hasta qué punto la regulación del Estado debe ser tan invasiva. Lo que sí pienso es que ningún extremo es deseable. Así como el maltrato es una conducta que se debe castigar con severidad, tampoco es sano irse a la otra orilla de la total laxitud donde cualquier cosa que se diga o haga es inaceptable en un contexto de total hipersensibilidad.

Además, los padres tienen el derecho de educar a sus hijos bajo sus parámetros y convicciones. Hoy se limita algo tan elemental como una palmada y los métodos de crianza, pero mañana puede ser la orientación ideológica o las creencias religiosas. Una vez se abren estas puertas es muy difícil cerrarlas y cada vez más vemos un Estado que expande sus tentáculos para cercenar la libertad y regular los aspectos más básicos de la vida.

@Tatacabello

Publicado: marzo 26 de 2021