Con ocasión de la campaña plebiscitaria, se advirtió detalladamente que el acuerdo entre Santos y los terroristas de las Farc traía aspectos inaceptables para la sociedad, razón por la que, independientemente de los ríos de dinero y la presión que ejercieron los medios de comunicación tradicionales, la mayoría ciudadana, en un grito de independencia y dignidad, votó por el NO.

Elementos como la elegibilidad de personas incursas en delitos de lesa humanidad, la concesión de curules gratuitas a cabecillas del terrorismo, la falta de claridad respecto del tratamiento que debía dársele al asunto del narcotráfico y la extradición, la no reparación directa a las víctimas y, por supuesto, la creación de un tribunal hecho a la medida de las Farc, integrado por magistrados de extrema izquierda fueron, en grandes líneas, los que estimularon la votación contraria a la convalidación de los acuerdos. 

Hay que decirlo con toda la claridad y sinceridad: el triunfo del NO era imprevisible. La manipulación mediática, que estuvo convenientemente acompañada por encuestas amañadas que proyectaban una aplastante victoria del SI, indicaba que la suerte del plebiscito estaba echada, y que Santos y sus conmilitones de las Farc se alzarían con la victoria. 

Ni la mermelada oficialista, ni los señalamientos temerarios contra la ciudadanía crítica que se oponía a los acuerdos lograron doblegar a los electores. 

La noche del 2 de octubre, cuando se certificó el triunfo del NO, el asunto quedó en blanco y negro. La pregunta del plebiscito no permitía esguinces o interpretaciones: “¿Apoya el acuerdo final para la terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera?”.

El interrogante traía todo el veneno del caso. Resumía la hipótesis de los enmermelados escuderos del gobierno de Santos que con toda la irresponsabilidad señalaban a los votantes del NO como “enemigos de la paz”. El corrupto senador Armando Benedetti, llegó al extremo de plantear la conducción al paredón de fusilamiento a quienes se opusieron al acuerdo con los terroristas de las Farc. ¡Aquel era el talante de los apóstoles de la paz!

Los registros oficiales de las autoridades electorales colombianas concluyeron que el NO se impuso con el 50.21%, mientras que el SI obtuvo el 49.78%.

Una de las reglas básicas de la democracia es que los resultados de una votación deben ser respetados, cosa que efectivamente no sucedió en los días posteriores a la realización del plebiscito. 

Y en ese punto, cabe una autocrítica respecto del manejo que el liderazgo del NO -aquellos que tomaron la vocería de los casi 6.5 millones de ciudadanos que libremente concurrieron a las urnas para manifestar su desaprobación al acuerdo con las Farc- le dio al asunto.

Fue un error garrafal haber confiado en Santos, conocido de autos por su talante traidor, mentiroso y tramposo. Les sobró ingenuidad a quienes pasaron a la mesa con Santos, creyendo que ese sujeto iba a ser respetuoso de lo que allí se hablara. Un tramposo redomado como él, un estafador político de su talante, claramente volvería a hacer una de sus acostumbradas triquiñuelas, como efectivamente sucedió. 

La verdad, monda y lironda, es que la victoria del NO significaba que el acuerdo -el mejor acuerdo posible, según Humberto De La Calle- quedaba improbado, razón por la que era menester sentarse a negociar uno nuevo que, de acuerdo con la propia corte constitucional, debía ser sometido a refrendación popular. 

Santos se robó el plebiscito en la cara de los voceros del NO y ellos, hay que decirlo con todo el respeto y consideración, lo permitieron, olvidando que tenían en su mano el mandato de más de seis millones de colombianos. 

Es evidente que el responsable de aquella felonía es Juan Manuel Santos, pero también es cierto que aquellos en quienes los ciudadanos depositaron su vocería para abanderar el resultado del NO, pudieron hacer un esfuerzo mayor por defender el resultado de las urnas.

Y hoy se están viendo las consecuencias de la implementación de un acuerdo que resultó mayoritariamente rechazado por los electores. La crispación crece exponencialmente. La indignación ciudadana es cada vez mayor. El rechazo a la JEP aumentará aceleradamente y el malestar con la presencia de los terroristas de las Farc en la escena pública no va a ceder, pues para el grueso de la sociedad, los delincuentes deben estar respondiendo por sus crímenes ante un tribunal imparcial y no en el Congreso de la República, presencia que se constituye en un nauseabundo desafío a la democracia. 

En política todo es perfectible. En el ambiente se siente el malestar de quienes votaron por el NO hacia las Farc, pero también hacia quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de hacer respetar el resultado del plebiscito. 

Nunca es tarde para hacer un alto en el camino, reconocer con humildad los errores que se pudieron cometer, equivocaciones que en ningún caso fueron de mala fe ni respondieron a acuerdos subrepticios como insinúan los esquizofrénicos devotos de las teorías conspirativas. 

Es hora de recuperar la confianza, enmendar y acometer con un liderazgo renovado los cambios que demanda nuestra democracia, porque imágenes como las del mafioso Sántrich posesionándose como representante a la Cámara no pueden repetirse.  

@IrreverentesCol

Publicado: junio 13 de 2019