Al narcotráfico debemos el arraigo de la violencia en nuestra cultura, el sicariato y perpetuación de los grupos armados.

El narcotráfico ha sido una enfermedad para Colombia. No en vano es la génesis de buena parte de los problemas que actualmente afronta nuestro país. De ahí que sea tan importante erradicar los cultivos ilícitos y la venta de estupefacientes. Pero lo que es crucial es que se puedan dar soluciones definitivas, porque hasta ahora las medidas tomadas parecen no mostrar resultados.

En efecto, al narcotráfico le debemos el arraigo de la violencia en nuestra cultura, el sicariato y la perpetuación de los grupos armados al margen de la ley. Así mismo, le debemos la corrupción, los dineros fáciles y otras tantas formas de degeneración moral, que afectan estructuralmente nuestra cultura. Y lo peor: las drogas, además de incidir en la salud pública, les han hecho un daño imperdonable a los menores de edad, que son las víctimas favoritas de las mafias.

Esta enfermedad del narcotráfico por ahora no tiene cura y las soluciones que ha planteado el gobierno para curar a Colombia son ineficientes, hasta un punto vergonzante. Para la muestra un botón. Según los datos del censo de cultivos ilícitos de 2010, realizado por la Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito, ese año había 63 mil hectáreas de coca sembradas en nuestro país. Cifra que según el mismo informe representaba la menor cantidad de hectáreas sembradas en lo que iba corrido del presente siglo.

Esos números encontraron un nuevo punto de referencia en 2013 cuando la cantidad de hectáreas sembradas con cultivos ilícitos llegó a 43 mil. Sin embargo, dos años más tarde esa cifra se había doblado. Incluso, fuentes extraoficiales, dicen que la cifra puede haber llegado a las 130 mil hectáreas en 2016.

El gobierno Santos se planteó el año pasado la meta de eliminar 20 mil hectáreas; propósito que se evidencia ridículo si se compara con el crecimiento de los cultivos. Pero resulta particularmente irrisorio cuando se evalúa que ni siquiera fue posible cumplirlo. El año pasado solo se erradicaron 17.600 hectáreas. Una debacle y una vergüenza.

Hoy por hoy, la bandera del gobierno es la sustitución voluntaria, lo cual parece ser más un sueño que una realidad. Es por eso que desde mi partido, el Centro Democrático, hemos advertido que esa iniciativa, originada en La Habana, representa una ruta equivocada hacia la cura de tan nefasta enfermedad. La razón es que en nada resuelve el problema de fondo que lo sustenta: el gran negocio que es el tráfico de drogas.

Con un agravante: antes de lo esperando, otras organizaciones al margen de la ley entrarán a dominar los cultivos que les pertenecían a las Farc. Entonces, la violencia reaparecerá bajo el dominio de otra bandera. Es así como al final habremos sacrificado tanto tiempo a cambio de nada o de muy poco.

La solución real tendrá que incluir medidas que impliquen ocupar las zonas que están bajo el dominio de los grupos armados al margen de la ley.  De igual forma, deben eliminarse con glifosato o de manera manual, aquellas hectáreas sembradas que no sean sustituidas por otros cultivos. Claro, para esto se necesitan subsidios y estudios serios, que hagan posible la transición a la legalidad de los campesinos y no represente para ellos un perjuicio económico.

Entre tanto, seguiremos esperando la cura para esta enfermedad. Seguramente tendrá que pasar todavía una generación entera antes de que se desarraigue la cultura del dinero fácil de nuestra sociedad, pero es nuestra obligación garantizar que esa generación no tenga que vivir lo que la nuestra vivió.

@Tatacabello

Publicado: enero 20 de 2017