El Presidente de la Corte Suprema de Justicia acusa de extorsionistas a un grupo minoritario de magistrados que están bloqueando las elecciones que le corresponden a ese alto tribunal, que por esa causa apenas cuenta hoy con 16 de los 23 integrantes que legalmente deben hacen parte de él, se dirá que maña vieja no es resabio, pues en varias oportunidades la Corte se ha dividido en torno de la elección de su presidente, de los magistrados que deben reemplazar a los que ya no están y del fiscal general. 

Un caso especialmente bochornoso fue el que ocurrió a finales del período presidencial de Álvaro Uribe Vélez, cuando debido al enfrentamiento con él, la Corte bloqueó la elección de fiscal general, dando así lugar a una larga interinidad en el cargo y a que para superar el impasse el presidente Juan Manuel Santos, con el visto bueno de la Sala de Consulta y Servicio Civil del Consejo de Estado, retirara la terna que había presentado su antecesor y presentara otra que sirvió de base para una elección de nuevo fiscal que se efectuó violando los reglamentos “por una sola vez”.

La crisis actual sucede en momentos en que se está actuando en torno del llamado “Cártel de la Toga“, asunto que versa sobre un grupo de magistrados penales a quienes se acusa de incurrir en negociaciones multimillonarias para resolver distintos casos en que están involucrados ante todo dirigentes políticos.

Todo esto es, simple y llanamente hablando, asqueroso. Parafraseando el célebre dicho de Hamlet, nos hace sentir que hay algo muy podrido en Cundinamarca. En rigor, ofrece evidencia de que la crisis colombiana en los tiempos que corren es ante todo de orden moral.

Allá a principios de la década de 1940 el entonces canciller López de Mesa proclamaba el primado de Colombia en el concierto de naciones latinoamericanas por ser una “potencia moral”.  Hoy sería osado a más no poder insistir en dicho aserto. 

Hace varios años leí un análisis de Hernando Gómez Buendía que creo haber citado en algotra ocasión, en el que palabra más palabra menos ilustraba la decadencia moral de nuestra sociedad diciendo que aquí había fracasado la ética de la caridad de los católicos, la de la probidad de los republicanos liberales y la de la solidaridad de los socialistas, en pro de un remedo de ética oportunista, la del “CVY” (“Cómo voy yo”) y el aprovechamiento del “cuarto de hora” para enriquecerse y beneficiar a los allegados.

Lejos está la época en que un presidente que fue víctima de injustas acusaciones, José Eusebio Otálora, murió de pena moral. Otros, más recientes, de los que se cree que alimentaron la corrupción en su entorno y hasta se beneficiaron de algún modo de ella, se pavonean en cambio, gracias a la impunidad que un sistema dañado les garantiza.

Los conservadores del siglo XIX y la primera mitad del XX insistían en que sin religión no hay moral, sin moralidad no hay orden y sin orden no hay derechos.

Es el momento de pensar en que quizás tenían razón. 

Hace poco leí que Richard Dawkins, el conocido promotor de un ateísmo militante que estuvo por acá en meses pasados, anda quejándose de que la campaña contra la religión en el escenario público no ha dado lugar a que se imponga como nueva vigencia social, en el sentido orteguiano de la expresión, una moral secular y racional que ordene adecuadamente las interacciones sociales y haga mejores a los individuos.

A mis discípulos solía recomedarles que leyeran un inquietante libro de Rüdiger Safranski que lleva por título “El mal o el drama de la libertad” 

El mal es tema de la ética, que reflexiona sobre cómo debemos obrar. Su premisa fundamental reza que debemos optar por el bien,en lugar del mal. Pero ello supone que podamos conocer y valorar lo uno y lo otro. En un interesante reportaje para El País Semanal, Safranski observa que la clave para distinguir estos dos conceptos en la cultura europea la suministraba el cristianismo, “que durante 2.000 años había señalado, por así decir, dónde estaba el cielo sobre la sociedad, la fe, la trascendencia”. Pero la crisis de la religión ha traído consigo el nihilismo, que implica el abandono de la verticalidad en favor de la horizontalidad: como anota Leo Strauss,  si todo vale igual, nada vale en sí mismo.

El capítulo de su libro sobre San Agustín es luminoso. Según el santo, si queremos comprender y valorar al hombre, debemos considerarlo a través de Dios, es decir, en función de su trascendencia. Pero el pensamiento actual lo ubica exclusivamente en la inmanencia, en su materialidad, en su finitud, en su contingencia: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”.

Pues bien, si no hay un ordenamiento superior al que produce la voluntad humana, las reglas dejan de serlo y se tornan acomodaticias en manos de “operadores jurídicos” amorales e incluso pervertidos. Y si se pierde de vista que el ejercicio de la administración de justicia implica un llamado, una vocación, un apostolado, como se creía en otras épocas, y se lo ve como una función netamente utilitaria, el resultado no puede ser más desastroso para la sociedad.

La idea de la separación del derecho y la política del orden moral trascendente es la madre de la crisis que padecemos y aquí dejo registrada.
Muchos consideran con buen sentido que esta crisis solo puede resolverse a partir de la educación, acompañada por supuesto de la disciplina. Pero, ¿de cuál educación se trata? ¿qué valores deben inculcarse para salir del cieno en que Fecode y sus conmilitones, e incluso los mandamases que controlan el sistema educativo, han sumido a nuestros jóvenes?
Ahí está el detalle.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: diciembre 23 de 2019