He participado de los procesos electorales de los últimos treinta años. En algunas ocasiones en debates locales, regionales, departamentales y nacionales. El discurso ha cambiado poco. Casi siempre los candidatos plantean ser la solución ante los episodios de corrupción y la falta de atención a las necesidades de la población.

Sin embargo poco se dice o se analiza sobre la raíz y la génesis del problema. Se personaliza el discurso pretendiendo deslegitimar y descalificar al oponente, con señalamientos injuriosos y acusaciones calumniosas carentes de argumentos, sin ahondar en que los problemas de la administración pública son estructurales y propios del régimen que bien establecido por el sistema central tiene un grado de perversidad que suele ser permisivo a fin de tener siempre un dossier de  cada servidor público, bien sea miembro de corporación pública o mandatario de elección, para  exponérselo al escrutinio disciplinario, fiscal o penal cuando sea necesario. 

Es el régimen imperante el que debe ser cambiado. Las personas obedecen a circunstancias casuales, de suerte o de procesos de orden colectivo que alrededor de grupos de personas se organizan para cautivar la voluntad ciudadana en torno a un modelo o proyecto de gobernanza que quiere ganar el favor o sostenerlo.

Por eso, en la antesala de una campaña, conviene proponer que se modere el discurso y se oriente  a la propuesta. Que se excluya del debate el sonado “sonsonete” de la lucha contra los corruptos que gobiernan que deben ser cambiados por otros que luchan con las mismas herramientas para alcanzar el poder y continuar bajo el mismo régimen y estado de cosas. Es decir que plantean el cambio, para que nadie cambie. Que se excluya del debate el ataque personal que se alimenta desde los escritorios de quienes se agazapan esperando colocar en cargos de elección a sus amanuenses para despacharse como propio el poder público, en cada entidad.

Lo ideal es que se abra el debate sobre ideas y propuestas. Que nos planteen qué se va a hacer con la quiebra de Metrolínea, con las dificultades financieras de Panachi, El Santísimo y Acualago. Y que definamos cómo vamos a manejar los componentes agua y residuos sólidos, si como negocio lucrativo para los entes territoriales, con rentabilidad social, o como instrumentos de riqueza para los grupos en pugna. Y que nos digan cómo vamos a mejorar la movilidad del área metropolitana y nos muestren un esquema realizable de mejoramiento de la infraestructura vial departamental.

Ahorrar en agravios es conveniente.  El país atraviesa por un momento en el que la paz del hemisferio pasa por nuestras coordenadas. En cualquier momento por culpa de la polarización política que están alimentando desde afuera, este, nuestro suelo patrio puede transformarse en teatro de operaciones para disolver o mantener el régimen del país vecino. Algunos populistas que dicen querer cambiar las cosas, ya sacaron sus alforjas hacia economías extranjeras y luchan por anarquizar la actividad electoral próxima, para aumentar sus capitales y dividendos como paga, por entregar el caos que demandan desde otras latitudes que quieren nuestra agua, nuestro oxígeno, nuestros recursos y nuestro suelo.     

@AlirioMoreno

Publicado: enero 30 de 2019