El pueblo colombiano tenía la razón. Nuestras quejas no eran en vano y nuestros planteamientos, en efecto, reflejaban la insatisfacción de una inmensa porción de la sociedad.

Lo primero que debemos aclarar es que en la votación del domingo pasado no hubo ni vencedores ni vencidos. Todos, los que votamos por el NO, los que votaron por el SÍ y los apáticos que se abstuvieron de acudir a las urnas ganamos porque a los colombianos nos une el fin supremo de vivir en paz. Nuestra diferencia radica en la forma y las concesiones que hay que hacer para alcanzar la reconciliación.

Nos merecemos una Colombia en la que la democracia sea suficiente para para dirimir las diferencias, en la que nadie tenga que aterrorizar a sus congéneres a través del terrorismo. 

Desde siempre hemos creído que la sociedad debe ser generosa con los miembros de los grupos armados ilegales, pero no puede promover la impunidad total porque aquello estaría enviando un mensaje equivocado a las nuevas generaciones. 

 Nos oponemos a que los responsables de crímenes gravísimos como el secuestro, el desplazamiento forzado, masacres, reclutamiento de niños y genocidio no paguen un minuto de cárcel y que además sean premiados con la posibilidad de resultar elegidos o designados en curules gratuitas. 

Aquella no fue la única razón que movió a los seis y medio millones de colombianos que votamos NO. El resultado del plebiscito es el reflejo de la insatisfacción que generó el proceso de paz en la mayoría.

Santos abandonó la agenda de gobierno y se concentró única y exclusivamente en la negociación y redacción de un acuerdo confeccionado a la medida de las exigencias y necesidades de los guerrilleros de las Farc. Hay muy pocos elementos de ese acuerdo que pueden ser rescatadas.

Al leer y releer las 297 páginas, se encuentran nuevas “perlas” o “sapos” que los colombianos no quisimos tragarnos, tal y como nos lo pedía el presidente Santos. 

La vida da muchas vueltas. A lo lardo de estos últimos 4 años, Santos ha tratado con desprecio y sin consideración alguna a la oposición. Se ha referido a nosotros utilizando vulgares e hirientes adjetivos. Nunca quiso oír nuestras inquietudes. Cuando hacíamos propuestas, ponía a sus áulicos a decir que somos unos despreciables enemigos de la paz. 

De cara a la votación del plebiscito, el presidente Uribe le propuso un debate. La respuesta de Santos fue a través de una razón en la que mandaba a decir que estaba muy ocupado preparando el sainete que tuvo lugar en Cartagena.

La prioridad de Santos, antes del plebiscito, era la de satisfacer las exigencias de la guerrilla, armar un escenario teatral en Cartagena, lograr titulares pomposos en la prensa internacional. En pocas palabras, estaba enfocado en labrar el camino hacia Oslo, ciudad en la que anhelaba recibir el Nobel de Paz.

La democracia le ha dado un fuerte sacudón a Santos. Le recordó que él fue elegido para gobernar a los colombianos, para que atienda las necesidades de todos los ciudadanos y no para lustrar su vanidad personal. 

Ahora, lo que corresponde es, con amor patriótico, buscar la manera de introducir los cambios que la mayoría de ciudadanos exige que sean incorporados en el acuerdo de Santos con las Farc. 

La democracia ha dado una bella lección al recordarnos que para que una paz sea estable y duradera las condiciones deben ser puestas por la ciudadanía desarmada y civilista y no por quienes con sus fusiles y explosivos han aterrorizado a la comunidad.

@MargaritaRepo