Desde el mismo instante de su victoria, los enemigos del uribismo, se trazaron la meta de impedir que el presidente Duque pudiera gobernar. En esa misión, la extrema izquierda confluyó con los sectores más corruptos de la política nacional. 

Las Farc y otros exponentes del chavismo mafioso -encabezados por Gustavo Petro, acostumbrado recibir ingentes sumas de dinero en efectivo de manos de personas oscuras- terminaron haciendo causa común con dirigentes corruptos como Armando Benedetti y Roy Barreras, unos por motivos “ideológicos” y otros por simple desesperación ante el inminente corte del chorro de “mermelada” al que los acostumbró el cuestionado Juan Manuel Santos Calderón. 

A Duque lo recibieron con paros, manifestaciones, bloqueos y toda suerte de boicots, tanto en las calles como en el Congreso. 

La coalición de gobierno no es lo suficientemente grande como para lograr que el Ejecutivo saque adelante sus principales iniciativas legislativas. El entendimiento entre el Centro Democrático -partido de gobierno- y el conservatismo, aunque es importante, no alcanza a sumar una mayoría que le permita al presidente Duque ver aprobados sus proyectos de ley clave. 

Iván Duque es un hombre bienintencionado que ganó las elecciones presidenciales predicando una agenda de gobierno fundamentada en la transparencia, la ruptura nefasta de la relación transaccional entre gobierno y congreso estimulada vulgarmente durante la administración Santos y en el diálogo directo y franco con la ciudadanía, el cual se ha visto materializado en los 27 talleres “Construyendo País” llevados a cabo en estos pocos meses de gobierno. 

En Colombia no hay debate político sino una confrontación intestina, irracional, agresiva y carente de sentido. Los que perdieron en las elecciones presidenciales, no se resignan ni aceptan su destino. En vez de fungir como opositores, ejercen como complotistas despiadados dispuestos a llevarse por delante al país en aras de satisfacer su sed de venganza.

Petro, un canalla que no le aclarado al país, a sus electores y, sobre todo, a la justicia sus vínculos corruptos con los sectores oscuros que le entregan bolsas llenas de billetes, es uno de los principales impulsadores del desorden en contra del gobierno. 

Los zafarranchos que se observaron durante la denominada “minga” indígena, que incluyeron acciones de terrorismo, fueron estimulados y patrocinados por Petro y sus compinches de la estructura denominada “Colombia Humana”. 

Al doctor Duque lo asedian los criminales que ven con pánico a un gobierno que profesa la legalidad sobre todas las cosas. Pero también lo tienen rodeado politiqueros corruptos que resienten su inquebrantable decisión de acabar con la “mermelada” maldita que implementó Juan Manuel Santos. A ellos, se les suma la peor ralea de la democracia colombiana, mimetizada en la extrema izquierda que lideran Petro y los terroristas de la banda criminal Farc. 

Aquel es el escenario al que el gobierno debe hacerle frente. El inmovilismo resulta insoportable y nocivo. El señor presidente de la República estructuró un gabinete de lujo, integrado por las mejores inteligencias de la República. Se trata de personas de altísimas calidades, cuya integridad resiste hasta el más riguroso de los exámenes.

Pero la realidad política es insoslayable. Los ajustes en el gobierno se hacen imprescindibles. Las críticas empiezan a ser insoportables y, en muchos casos, irrespetuosas con el presidente de la República, pues es él quien debe tomar las decisiones cuando su criterio se lo indiquen.

Colombia es muy difícil de gobernar. Desde siempre se ha concluido que el nuestro es un país con mucho más territorio que Estado. 

Ejercer un control real sobre la totalidad de la geografía ha sido una tarea que ningún gobernante ha logrado cumplir con éxito. El que mejor lo hizo fue, sin duda, el presidente Uribe y ahora Duque quien ha implementado el modelo de gobierno por cercanía, llevando a la administración a las regiones más apartadas de la Patria. 

Pero desde Bogotá debe implementarse un cambio en la estructura. El presidente no puede físicamente echarse al hombro la totalidad de las tareas de pendiente ejecución. Necesita tener a su lado coequiperos que estén totalmente sintonizados con su programa. 

En la Casa de Nariño también se requieren cambios, sobre todo en las estructuras. En los Estados Unidos, la figura del jefe de gabinete es muy exitosa. Quien ocupa ese cargo, se convierte en la voz del Presidente en el manejo de los asuntos de la coyuntura política del día a día. 

En Colombia, durante el gobierno de Virgilio Barco, Germán Montoya, considerado acertadamente como el hombre fuerte del palacio presidencial, fungió, ante todo, como un verdadero jefe de gabinete que estaba atento de las gestiones de los ministros, el desarrollo de la agenda legislativa en el Capitolio Nacional, atendía las crisis permanentes causadas por el narcoterrorismo y, además, controlaba las relaciones con el partido de gobierno, el liberal. 

Figuras como aquella son las que Duque necesita implementar para efectos de que la toma de decisiones y el seguimiento a las gestiones de su gobierno pueda hacerse en tiempo real.

Es cierto que el presidente de la República está asediado por sus rivales y por sus enemigos -ilegítimos- desde el primer momento de su gobierno. Pero no es menos cierto que Duque cuenta con el talento suficiente para enfrentar el desafío, emprendiendo los cambios que sean menester, ampliando su coalición de gobierno sobre elementos programáticos y, si es del caso, otorgando representación a aquellos sectores que, con base en un entendimiento político serio y concreto, se comprometan con la agenda política por la que más de 10 millones de colombianos votaron en las elecciones de 2018.

@IrreverentesCol

Publicado: abril 23 de 2019