Jamás hemos tratado a los activistas LGBTI como ignorantes, pero sí hemos controvertido su cosmovisión con brío y entusiasmo. La controversia desde las ideas es connatural y deseable a las sociedades democráticas como la nuestra, aun cuando imperfecta. La confrontación ideológica y jurídica es feroz e irreconciliable, y en este momento está en pleno vigor. Lo lamentable, es la aparición de un comportamiento social que denominamos “cristianofobia”.

Este fenómeno considera que todo lo que huela a religión, a Dios, a Biblia, es digno de ridiculizar y exterminar, hay que mostrarlo como retardatario, absurdo e incoherente, hay que señalarlo como obtuso y anticuado, hay que asociarlo con la Inquisición y las Cruzadas, se debe exhibir como la manifestación de la idiotez humana y tiene por consigna conminar al fuero interno las convicciones de fe, sin que puedan exteriorizarse porque serán tenidas en cuenta como homofóbicas y por supuesto, discriminatorias.

La cristianofobia busca sistemáticamente el error humano de cada cristiano para colocarlo en la picota pública culpándolo del ejercicio de la “doble moral”. Así, estamos regresando a la persecución de los cristianos donde los verdugos no son las fieras ni las armas bélicas, sino los improperios, los insultos y las burlas que pululan en todas partes.

La verdadera batalla ideológica se libra por académicos, magistrados y formadores de opinión de los medios masivos de comunicación, quienes expresando supuestos espíritus libres, progresistas y demócratas, se inclinan evidentemente por la defensa de la ideología de género, adornándola a su favor con las palabras igualdad, inclusión social y tolerancia, mientras denigran de Jesucristo y emplean textos de las Escrituras para afirmar que nosotros los cristianos “predicamos pero no aplicamos”.

Pese a que la frase “respeto a todos” sea el preludio de las disertaciones de los promotores de la Ideología de Género, y quienes además se presentan como líderes de DD.HH., siempre terminan con adjetivos de descalificación a nuestra profesión de fe. Sin embargo las cosas no paran allí, hagan la prueba: Si opinas diferente a la “Teoría Queer” en medios virtuales, te conviertes en un blanco tildado como “homofóbico” y tus convicciones, señaladas como prejuicios y como discurso de odio, inmediatamente serán etiquetadas como  religiosas, (formuladas por un tarado que entregó su mente al suicidio intelectual) y presentadas además con una paupérrima argumentación.

Así actúa la cristianofobia, como un motor del gueto socio cultural con el que nos quieren encarcelar en las cuatro paredes de una iglesia, lugar que se ha vuelto inseguro, donde tarde o temprano, alguien filmará a los pastores en sus sermones para escarnecerlos en público y estrenar por fin la Ley Antidiscriminación. ¿Paranoia? ¿Exageración? No, reitero, NO. Hagan otra prueba: Digan en la universidad “No estoy de acuerdo con que enseñen a los niños que no se nace hombre ni mujer” y verán lo que les pasará, y aun así ellos, los activistas (porque no toda la comunidad LGBTI es pugnaz) con descaro evocarán a Voltaire: “Daría mi vida por tu derecho a expresarte”. ¡Vaya ironía!

No han entendido nuestra defensa. Estamos convencidos que las libertades individuales deben ser protegidas y garantizadas por el Estado y cada ciudadano, nuestro deber cristiano es respetar las decisiones de cada quien, pero institucionalizar un estilo de vida personal, especialmente en lo concerniente a la educación de los hijos y desarrollar políticas públicas con los dineros del contribuyente para su explícita promoción, no puede ser. He dicho desde hace cinco años: “Respeto por la Diversidad Sexual Sí, Dictadura de la Diversidad Sexual No”.

Digo también: “Respeto por el Cristianismo Sí, Dictadura del Cristianismo No”. Si el Estado imprimiera Biblias y las repartiera en los colegios y desarrollara una cátedra bíblica obligatoria gracias a un rubro presupuestal para la garantía de los derechos de la comunidad cristiana, sería una dictadura cristiana, luego entonces, razones poderosas habrían para que grupos cristianofóbicos se movilizaran, pero no es el caso colombiano y los cristianos no deseamos tan abominable circunstancia.

Pedimos se detenga la creciente “cristianofobia” y en el mismo sentido, en tiempos de paz y reconciliación, exigimos que no nos califiquen de homofóbicos a los que pensamos distinto y quienes nos manifestamos con el “NO” en el plebiscito y marchamos el 10 de agosto. A mis contradictores, un fraternal saludo y a la comunidad de la diversidad le extiendo mi deseo de entendimiento en medio de la diferencia.

 

@7MarcoFidelR