Peor que equivocarse en política, es no enmendar el error. El empecinamiento, puede tener consecuencias demoledoras. 

Todas las obras humanas son perfectibles. Ejemplo de ello es lo que acaba de suceder con la fallida reforma tributaria que el gobierno tuvo que retirar de su trámite en el Congreso de la República. 

El proyecto, que es cardinal para recoger los fondos necesarios para mantener los programas sociales diseñados para hacerle frente a los devastadores efectos de la pandemia, causó un tsunami político que habilidosamente fue instrumentalizado por los sectores socialcomunistas para estimular revueltas, saqueos, incendios, asesinatos y actos de terrorismo en buena parte de la geografía nacional. 

Nadie puede dudar de la solvencia académica de Alberto Carrasquilla. Independientemente de su ostensible falta de buenos modales y de tacto político, él es una persona que cuenta con todos los pergaminos que lo acreditan internacionalmente como un experto en asuntos relacionados con la hacienda pública. 

Hundida la reforma, trazada bajo la “doctrina” Carrasquilla, es obvio que él y su equipo deben salir del gobierno por una razón que salta a la vista de cualquiera: el nuevo proyecto de reforma -que esta vez sí debe ser concertado con las distintas fuerzas políticas del país- no puede ser liderado por quienes evidentemente se equivocaron -tanto en la forma como en el fondo- respecto del proyecto que acaba de fenecer y que puso al presidente Duque contra las cuerdas.

La crisis política no es menor, pero tampoco estamos ante una situación dramática cuya resolución sea la de un cambio presidencial. Los enemigos del gobierno -muchos de ellos, como el terrorista Petro enemigos también de la democracia- han llegado a extremos inauditos de proponer la renuncia del primer mandatario. 

Con la salida de Carrasquilla del gobierno, es necesario asignarle la responsabilidad de la reforma tributaria a alguien con talante y capacidad de concertación. A lo largo de estos años de gobierno, Jonathan Malagón ha dado muestras sobradas de ser un ministro eficaz, cumplidor de sus labores, leal al presidente de la República y, sobre todo, con un gran sentido social. Las cifras en materia de vivienda hablan por él. A pesar de la pandemia, Colombia superó los records de nuevas construcciones. Los planes enfocados en las familias de menores recursos, se han cumplido a cabalidad. 

Sin protagonismos` ni vanidades, Malagón ha logrado conectarse con la gente, pero también ha tendido puentes con distintos sectores políticos con representación en el Congreso. En el uribismo y grupos afectos al gobierno lo aprecian y lo respetan. Y eso es lo que se necesita en estos momentos de dificultad. Enviar un mensaje de calma y sosiego.

Carrasquilla y los suyos, entre ellos el viceministro de Hacienda Juan Alberto Londoño y el director de Planeación Luis Alberto Rodríguez, de buena fe intentaron la aprobación de una reforma que en su criterio -apegada a la “doctrina Carrasquilla”- se ajustaba a las necesidades del país. Su apuesta no les salió y -justa o injustamente- tendrán que asumir el costo político de su fracaso.

En las circunstancias actuales, donde hay que aplacar los ánimos, reconstruir los canales que se han roto con los partidos políticos defensores de la democracia y reformular un nuevo proyecto tributario, es necesario que esa colosal tarea sea liderada por el presidente de la República, de la mano de un nuevo ministro de Hacienda que goce del respeto de la clase política, pero que también haya dado muestras de eficacia en el ejercicio público con plena conexión con la gente. Y la persona que reúne esas características es el ministro de Vivienda Malagón. 

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 3 de 2021