Santos sobornó a políticos, pagó a periodistas, compró el Nobel y ahora paga para que lo aplaudan en redes sociales.

Juan Manuel Santos es un hombre infeliz que ha tenido que pagar por absolutamente todo. Entorno a su gobierno, hay una coalición parlamentaria que se configuró a punta de dinero y prebendas, llamadas mermelada. Los políticos no respaldan al presidente por sus ideas, sino por la plata que le han podido sonsacar.

Lo mismo sucede con buena parte del gran periodismo colombiano, que se dejó inundar de pauta oficial, razón por la que las principales cadenas de televisión y radio del país, sumadas a los medios impresos, se convirtieron en verdaderos propagandistas del régimen.

Por un lado van los medios de comunicación y por el otro la opinión pública, profundamente crítica e insatisfecha con el rumbo del país y, por supuesto, con el gobierno.

Santos se vio impelido a comprar el Nobel que tan orgullosamente exhibe. La decisión del comité noruego no fue ni libre ni espontánea. Aquel país, previamente fue favorecido con sendos yacimientos petrolíferos en el Caribe colombiano, otorgó el premio con el que nuestro gobernante estaba obsesionado. (Al respecto, lo invitamos a leer “No hay almuerzo gratis”, “El yo con yo de Noruega” y “La farsa”).

Ante el desplome de la credibilidad de los grandes medios de comunicación, el debate público se ha trasladado a las redes sociales. Aunque hay quienes descalifican y luchan contra esa realidad, lo cierto es que la sociedad es cada vez menos manipulable y cuenta con herramientas reales y efectivas para hacer sentir su voz. El monopolio de la información en manos de unos pocos, ha llegado a su fin.

Es muy difícil encontrar a alguien que sea desinteresadamente santista. El grueso de los ciudadanos que respaldan a Santos, están divididos en tres sectores: la izquierda extrema que le agradece la generosidad con el grupo terrorista de las Farc,  los colombianos que se aliaron con él porque los une un propósito común: acabar con el expresidente Uribe y el uribismo. Y finalmente, están los popularmente conocidos como los “enmermelados”.

Ante la carencia de una “militancia” twitera como en efecto existe en el uribismo, Santos llegó a un extremo insólito y abiertamente delictivo: echar mano del presupuesto nacional para contratar personas que lo defiendan en las redes sociales.

El hecho se puso en evidencia con posterioridad al discurso mentiroso que pronunció el presidente de la República durante la instalación de las sesiones ordinarias del Congreso de la República, el pasado 20 de julio.

El ciudadano Harold Rodríguez, socio de la empresa “Brand Men, marketing de influencia” y agresivo antiuribista, envió un mensaje en su cuenta personal de Twitter en el que escribió “Señor @JuanManSantos no se puede tener a todo el mundo contento y usted ha sacrificado por la paz (sic) de este país. #GraciasPresidente”.

Una hora después, desde su cuenta oficial, el presidente Santos le respondió a Harold Rodríguez con un amable mensaje: “@Haroletto gracias a usted por creer en la paz. Como dije hoy ante el Congreso, Colombia está por encima de los egos”.

Lo que parecía un cruce de elogios entre un gobernante y un simpatizante, resultó ser, como todo lo de Santos, una verdadera farsa, una puesta en escena.

Ha trascendido que la empresa para la que trabaja el señor Harold Rodríguez, “Brand Men, Marketing de influencia” celebró con el ministerio de Tecnologías de Información un contrato por $71.340.000 pesos para hacer 37 trinos al mes, 75 retweets, 37acciones en Facebook al mes, 37 acciones mensuales en Instagram y escribir 75 comentarios en Facebook.

Aquella es una tarea sencilla, que el gobierno tiene que contratar, precisamente, por la baja popularidad del presidente de la República que es objeto de una implacable oposición ciudadana.

Así las cosas, a falta de seguidores reales, Santos se ve impelido a pagar para que lo “aplaudan” en las redes sociales y, lo que resulta aún más patético, establece conversaciones con los “mercenarios” cibernéticos a los que con recursos del erario, él contrata para que “respalden sus logros”.

Aquello, además de despertar indignación, en el fondo pone en evidencia los complejos y la miseria del presidente de Colombia, un hombre odiado por su país, al que los políticos profesionales han utilizado para sacarle dinero y a quien los grandes medios respaldan por simple interés económico.

Al margen de aquellas valoraciones humanas, las autoridades están obligadas a investigar el evidente detrimento patrimonial, pues este caso devela un episodio de corrupción. No deben existir antecedentes en los que un gobierno pague alrededor de US$24 mil dólares para que unos desocupados que se presentan como “expertos” en marketing, trinen y hagan unas pocas publicaciones en Facebook, respaldando a una administración repudiada y despreciada por la ciudadanía.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 24 de 2017