No demoren las causas, esto es una revolución, no usen métodos legales burgueses; el mundo cambia, las pruebas son secundarias. Hay que proceder por convicción. Sabemos para qué estamos aquí. Estos son una pandilla de criminales, asesinos, esbirros… Yo los pondría a todos en el paredón y con una cincuenta, ratatatatata… a todos”. Decía Ernesto “Che” Guevara, (con su boina negra terciada, tabaco ladeado y el brazo amenazante puesto en el cinto), frente al pelotón de fusilamiento, esa madrugada de un día cualquiera de septiembre de 1959. Cumpliendo las órdenes del Tribunal de Justicia, al que Fidel llamo, “Comisión Depuradora”. Que ajusticiaba a los opositores del régimen, eliminando así toda posible fuente de oposición al gobierno. Decía un arrepentido miembro de ese tribunal, que fue entrevistado, que condenaban sin que existieran hechos contundentes o pruebas concluyentes que permitieran forjarse un criterio sano sobre la culpabilidad o inocencia del acusado. A pesar que había un “Tribunal de Apelación”, que Guevara se “pasaba por la faja” y que solo servía para confirmar las sentencias y las ejecuciones. A pesar también, que ya desde 1948 existía la Carta Internacional de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU, que prohibía las ejecuciones. Lo cual indica que la ONU no es prenda de garantía. Es más el Che en un discurso ante su Asamblea General, el 11 de diciembre de 1964 se atrevió a decir;”fusilamientos, si, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. El paredón es la forma en que se pretende definir la revolución cubana.

Guevara llegó a La Habana en 1959, a fungir como jefe militar de la fortaleza La Cabaña, en cabeza del denominado Tribunal de Justicia, donde pasa a los supuestos enemigos por el cernidor político, firmando las sentencias y las ejecuciones.

Ya el “Che” mostraba sus rasgos de asesino despiadado en 1954, cuando le escribe una carta a su novia Tita Infante. Mensaje donde enfatiza que de haberse producido los fusilamientos (como él lo había sugerido), como método represivo por parte del gobierno de Guatemala, presidido por Jacobo Arbenz, este hubiera tenido la posibilidad de detener el golpe que le habían asestado y poder salir airoso.

Da terror que el tal Tribunal para la Paz con funciones de investigar, ajusticiar y hasta perseguir a los opositores del Acuerdo de la Habana pueda caer en esas crueles prácticas. Sobre todo con los nefastos antecedentes de falsos testigos que abundan en Colombia. Y además conociendo la crueldad de los comandantes de la Farc, quienes han cometido las más atroces masacres y han asesinado a miles de personas sin el más mínimo asomo de arrepentimiento, y teniendo como práctica habitual en su mecánica militar los ajusticiamientos en el paredon, incluso a los de sus propias filas.

 

@rodrigueztorice