El poder político en Colombia tiene características de las carreras de caballo en hipódromos alquilados. Además de los precandidatos que se lanzan desde ahora para probar suerte  con sus patrocinadores partidarios o con los financiadores de las campañas que suelen dejar ricos a algunos de los perdedores porque su fin no era ganar si no recolectar.

Hoy aparece en la escena política un nuevo personaje que llama la atención a otros pares de las más altas cumbres de los heliotropos del estado burocrático. El nuevo fiscal  General de la Republica el severísimo Francisco Barbosa en su discurso de posesión en Casa de Nariño, ayer no más, que avanzaría la cobertura de la fiscalía en los territorios del país y agregó que propiciará el impedimento a cargos de elección popular a quienes ocupen las jefaturas de la Procuraduría, la Contraloría y la Fiscalía mientras pase un tiempo prudencial que se supone no tenga influencias electorales en los miles de subalternos, como por ejemplo, los 25.000 mil funcionarios de la Fiscalía, los 40.000 mil de la Procuraduría y el número indeterminado de la Contraloría que suele estar entre las mismas cifras.

Desde luego que el mensaje tenía un objetivo claro, puesto que el Procurador Carillo, con su ropaje y su lenguaje antiséptico, viene haciendo una campaña subliminal para postularse a la Presidencia de la Republica. Este personaje  translaticio ha sido un aguerrido sacamicas cuando estuvo en la embajada de España durante el primer gobierno de Juan Manuel Santos hasta el punto de recibir a su superior con la edición de un libro apologético y rimbombante sobre su Presidente para presentarlo  como un genio ante la opinión española.

Estos son los verdaderos delfines del poder carismático y hereditario de la cúpula política partidista y corporativista que dominan el país. Hacen fila para quedar desde ahora en los primeros puestos del escenario nacional con la publicidad de sus nombres. Es un estilo del culto a la personalidad que se caracteriza por las frases elocuentes y los discursos cacofónicos para la murga oficialista de sus dependencias.

El pobre colombiano que mira y escucha a estos prohombres que llenan con palabras los vacíos de sus gestiones  finales se parecen a las  obras de teatro que montan la ley y los amigos cuando los candidatos a alcaldes y las gobernaciones registran, ante notarios, en las vísperas electorales, su programa sagrado  e insuperable si llegan a ganar las elecciones regionales. Pero cuando terminan su mandato, ninguno de los periodistas ni tampoco ninguno de los ciudadanos críticos, incluyendo al suscrito, retoma y compara lo prometido minuciosamente porque la carteleria, la publicidad y  la lamboneria  de la carrera final, en el hipódromo de la política colombiana, el polvo de los caballos no deja ver la cara de los jockey   que los fustigan.           

De esa manera tenemos una república de merenderos que cantan a media noche, los elogios al borracho que les paga por canciones, a los votantes menesterosos que han vendido su voto por un plato de lentejas y unos administradores públicos cuyas uñas saben dónde está el tesoro.

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: febrero 17 de 2020