En una población de Santander, la última disputa electoral por la alcaldía había llegado a tan alto grado de polarización política, que los ciudadanos de un bando escaso trato tenían con  los del otro. El grupo político que había mantenido el poder en la última década, lo había perdido en esas elecciones.

Con alcalde ganador y la mayoría en el concejo municipal, el nuevo mandatario se pavoneaba por la calle principal todos los días, a la espera que le hicieran entrega del edificio municipal para comenzar su expectante y promisorio gobierno que prometía ser el mejor de toda la historia. Junto con él, marchaba airoso un hombre de pequeña altura, mordaz por característica y que había obtenido la mayoría de votos como candidato al concejo, lo que le permitiría ser elegido presidente entrante de esa corporación; lo llamaban “El Chulo” y provenía de  una familia muy querida en el pueblo cuyo color de  piel era  mestizo claro.

Como las elecciones habían sido el último domingo de octubre, El Chulo esperaba con ansias su posesión el 1º de enero del próximo año. Todos los días hacia el desfile por la carrera principal y justo, frente al palacio municipal comenzaba a vociferar cuantos días faltaban para que esa casa fuera desocupada por el grupo político al que habían derrotado en la última elección. El Chulo desde ese domingo comenzó a usar una corbata roja que cuidaba con esmero y palpaba de arriba hacia abajo cada vez que pasaba con su sátira por frente al despacho municipal.

El 28 de diciembre, a escasos 3 días de la transición de poder, El Chulo pasó por frente del palacio municipal y con su ya acostumbrada diatriba, vio en el balcón al ex secretario del concejo a quien le veía como el más destacado político del grupo adversario y comenzó a gritarle que fuera desocupando  porque ya venía la nueva nómina municipal. El exsecretario con marcada pausa se retiró del balcón, pero sin quedarse quieto, llamó a uno de los trabajadores de la empresa de aseo y le recomendó una labor; y a otro le encomendó conseguir una caja de cartón y una corbata roja.

Era el día de los inocentes y pocos lo habían destacado. Sin embargo sobre las 5 de la tarde al borde de terminarse la jornada, la policía ordenaba la evacuación del edificio municipal ante la inminente amenaza de una bomba o artefacto explosivo. Todos los funcionarios, incluido el alcalde saliente, con susto realizaban disciplinadamente la operación de desalojo. Se decía que en el Concejo Municipal había una bomba y que el grupo antiexplosivos se encontraba desactivándola.

La policía con toda la técnica y cuidado, rompía las cintas que amarraban una caja de cartón ubicada en el centro del salón de sesiones del concejo. Todos, incluido también el alcalde entrante esperaban la desactivación de la bomba. Al abrirla no hubo ninguna explosión. Del interior de la caja saltó un enorme gallinazo, que voló por todo el recinto sin dejarse atrapar. El chulo traía asido al cuello una corbata roja, que luego la policía retiro. Y por la puerta que daba al balcón el animal salió.   

@AlirioMoreno

Publicado: abril 6 de 2019