Las Farc aceptarían un acuerdo que las beneficiara de tal modo que el poder quedase al alcance de sus manos.

Se dice que en el extranjero llama la atención el poco respaldo que se advierte en nuestras comunidades en torno de los acuerdos con las Farc, que llevan un año de haber sido firmados en un espectáculo que tuvo lugar en el teatro Colón. Hay quienes se duelen, además, de que la gente no haya entendido que todo acuerdo de paz es imperfecto y entraña sacrificios que conviene aceptar por aquello de que suele ser mejor un mal arreglo que un buen pleito.

Sobre la opinión de la supuesta “comunidad internacional”, hay que decir que no solo es casi siempre superficial y deficientemente informada, sino que lo que se entiende por tal es un conglomerado de burócratas, comunicadores, académicos, ideólogos y activistas políticos prácticamente colonizados por las izquierdas. Su mentalidad es la de lo “políticamente correcto”, reflejada en el torpe dicho de un intelectual francés que proclamaba que prefería estar equivocado con Sartre y no acertado con Aron.

Es un vicio mental muy difícil de desarraigar que sigue haciendo estragos, según puede observarse en estas declaraciones de André Versaille que acaba de publicar Causeur. (Vid. Les intellectuels de gauche se sont compromis dans le déni).

En cuanto a lo de que un mal arreglo es preferible a un buen pleito, no es poca la tela que ofrece para cortar.

Hace varias semanas el padre Hernando Uribe Carvajal recordaba en “El Colombiano” las advertencias de Tácito, el célebre historiador romano, acerca de los malos tratados de paz, que suelen ser la semilla de nuevas y quizás más graves confrontaciones.

Un caso célebre es el del Tratado de Versalles de 1919, con el que se pretendió poner fin a la Primera Guerra Mundial y abrió el camino de la Segunda, tal como lo advirtió Keynes en su famoso libro sobre “Las Consecuencias Económicas de la Paz”. (Vid. Las consecuencias económicas de la paz).

Los acuerdos de paz, como cualquier otro convenio, pueden ser excelentes, buenos, regulares, malos y pésimos, vistos en una escala de 5 a 1.

¿Cómo calificar el que consta en el NAF?

Creo que cada día se corrobora más la impresión que tuve desde un principio acerca de que las Farc solo aceptarían un acuerdo que las beneficiara de tal modo que su ansiada toma del poder quedase al alcance de sus manos. Son tales las ventajas que el NAF les otorga, que traen a mi memoria la franca respuesta que le dio mi profesor Ignacio Moreno Peláez al rector de la Universidad de Antioquia, Eduardo Uribe Botero, que lo exhortaba a que fuese complaciente con la jauría comunista que se estaba tomando nuestra Alma Máter: “Lo que Ud. me propone no es una transacción, sino una cesión de bienes”.

Los civilistas entenderán de una lo que estoy diciendo. La transacción implica concesiones recíprocas de las partes; en la cesión de bienes el deudor fallido se entrega a sus acreedores, es un acto de rendición. Y tal es lo que se convino con las Farc en La Habana: la claudicación de las autoridades de la República de Colombia ante un puñado de facinerosos de la peor laya poseídos por un credo totalitario y liberticida.

Los capos de las Farc no ocultan su adhesión a los dogmas del marxismo-leninismo ni su propósito de conquistar el poder para imponernos el fallido y criminal modelo castro-chavista. Quieren hacer de Colombia una nueva Cuba y una nueva Venezuela, y el pueblo no les come cuento, pues tiene a la vista los deplorables resultados de la puesta en marcha del socialismo.

Pero bien se sabe que quienes lo promueven están obnubilados por una ideología que exhibe los peores rasgos de las actitudes religiosas, tales como la negación o la distorsión de la realidad, el fanatismo, la intolerancia o la crueldad. Recomiendo sobre este asunto la lectura del siguiente comentario acerca de la obra de Yuri Slezkine en torno de la Revolución Rusa, que muestra cómo los bolcheviques obraban animados por un credo de características similares a las de los fundamentalistas religiosos: Bolshevism’s New Believers

Pues bien, las elocuentes y pavorosas muestras de crueldad que exhibieron las Farc en ejercicio de su “sagrado derecho de rebelión”, tal como lo calificó un jesuíta indigno de su condición sacerdotal, justifican el rechazo con que a sus dirigentes y voceros se los recibe do quiera que se hacen presentes. Las comunidades saben, porque han sufrido sus depredaciones, que ese tal “sagrado derecho” no se ha ejercido contra un “establecimiento” cerrado, egoísta, explotador y criminal, sino contra el pueblo colombiano mismo. El mayor número de sus víctimas no se cuenta entre la gente “de modo”, como aquí decimos, sino la del pueblo llano.

Comencemos por la “guerrillerada”, que en su inmensa mayoría se reclutó a través del infame tributo que las Farc les impusieron a miles de familias campesinas a las que les arrebataban sus hijos dizque en aras de la lucha popular. Esa es una de las causas del desplazamiento de muchísimos habitantes del campo hacia las ciudades, en donde esperaban recibir  protección para sus niños. Los millones de desplazados no lo fueron por la acción de la fuerza pública, sino por la de los alzados en armas, que a donde llegaban imponían su régimen de terror.

Abundan los testimonios acerca del infierno que se vivía en el interior de los frentes de las Farc y en las regiones sometidas a su atroz influencia. Centenares de pueblos conocieron la destrucción por obra de los ataques de la guerrilla. No faltaron aquellos en que se cebaron con aterrador encarnizamiento porque no se plegaban a fundar su economía en el cultivo de la coca.

No, lo de las Farc no fueron errores, sino crímenes, muchos de ellos de lesa humanidad que abrieron heridas bastante difíciles de superar en el alma de las comunidades.

El coronel Plazas Vega ha reseñado los viernes en “La Hora de la Verdad” los espeluznantes prontuarios criminales de los cabecillas de las Farc. No estamos en presencia de unos próceres que, animados por la justicia de sus causas, hubiesen tenido que empuñar mal de su grado las armas para derrocar unos gobiernos espurios, sino de unos psicópatas sedientos de sangre.

¿Quién, en su sano juicio, puede esperar que cuando tomen el poder actúen con moderación y buen sentido, si lo que saben del manejo de los hombres es que hay que tratarlos como a bestias? ¿Qué enseñan al respecto las filmaciones sobre el trato inhumano que se daba a los secuestrados en los campos de concentración que habían montado en medio de la espesura de las selvas? Me contaba una dama que sufrió el secuestro con el general Mendieta que a este lo amarraban con cadenas y lo obligaban a arrastrarse por el suelo. Y a un secuestrado que por su obesidad no podía andar al ritmo que pretendían imponerle lo amarraban con alambre de púas, dizque para que aprendiera a moverse.

Por supuesto que de estas atrocidades no se ocuparán probablemente la Comisión de la Verdad ni la JEP, pues el sesgo ideológico de los nombrados para integrarlas hará que, como lo ha dicho Ordóñez en otro contexto, “lloren por un solo ojo”. Pero el pueblo las conoce y no las olvida. Cada víctima tiene una historia para contar que parte el alma. Y su testimonio hace que la gente se estremezca cuando ve pavonearse a los perpetradores de tantas atrocidades.

Reitero lo dicho en pasadas oportunidades: Santos y los negociadores de La Habana ignoraron que la búsqueda de la paz parte de unos condicionamientos morales imprescindibles. No basta con proclamarla en textos farragosos e indigeribles como el del NAF, sino que hay que suscitarla en el corazón de las comunidades y hasta en el de cada uno de los colombianos, especialmente los que de algún modo hemos sido víctimas de la violencia. Pero a ello no apuntan la altanería y el cinismo de que hacen gala a troche y moche los cabecillas de las Farc.

Se explica de ese modo que a Santos se lo reciba con rechiflas en todas partes y que De La Calle, que en otras circunstancias podría aspirar a cosechar el triunfo de una gestión digna del mayor encomio en bien de la patria, haya obtenido una muy magra y humillante votación en respaldo de su candidatura presidencial. El pueblo los desprecia y no porque sea malagradecido, sino porque los ve como cómplices de los verdugos de las Farc.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: noviembre 30 de 2017