A poco más de seis meses de las elecciones por la Presidencia de la República, les cuento que tomé una decisión que me costó canas. La consulté con mi familia y también con mis amigos y créanme que, contrario a lo que yo esperaba, todos me apoyaron: darle el voto al doctor “Timochenko”, máximo jefe de las Farc y desde hace unos días –enhorabuena para el país– candidato presidencial.

Pero, ¿por qué voy a votar por el doctor Timochenko? Las razones son miles, pero solo voy a exponer algunas porque el espacio para este escrito me impide enumerarlas todas.

Sea lo primero decir que el doctor Timochenko es un verdadero revolucionario y un apóstol de la paz. Si Argentina tuvo al Che Guevara, Cuba a los Castro y Venezuela a Chávez y Maduro, ¿por qué nosotros los colombianos tendríamos que cometer la torpeza de decirles no a las aspiraciones de un hombre de las calidades personales e intelectuales del doctor Timochenko?

Miren no más lo que este héroe del Quindío ha hecho por Colombia aún sin ser presidente. Desde que ingresó a las Farc tomó la estoica decisión de luchar por los pobres, por el pueblo, por la patria… Por ejemplo, obligó a los odiosos ricos a repartir sus mal habidos bienes con los menos favorecidos. Si alguna vez robó fue pensando en los menesterosos. ¡Una verdadera proeza al estilo de Robin Hood!

Muchos dirán que para lograr tan encomiable fin el doctor Timochenko pasó por encima de mucha gente, que tuvo que matar a muchos colombianos. Por eso no se preocupen porque, como escribió en una de sus canciones Silvio Rodríguez, el doctor Timochenko “comprendió que la guerra era la paz del futuro”.

Y como en tiempo de guerra no se oye misa, el doctor Timochenko, gracias a su prodigiosa  inteligencia, echó mano de todo para ayudarle al pueblo: asesinó a millares de civiles, mató a cualquier cantidad de militares y policías, secuestró a centenares de personas, traficó con drogas, obligó a miles y miles de campesinos a desplazarse de sus tierras, arrasó pueblos enteros, puso bombas y autorizó el reclutamiento de niñitas menores de edad para que sus guerrilleros no se aburrieran en sus ratos de ocio en sus campamentos.

Cualquiera que tenga el más mínimo sentido de la objetividad entenderá que las anteriores conductas no son delitos y así, si mal no estoy, lo ha dicho la Corte Penal Internacional. En realidad fueron cosas propias de esa guerra que los ricos se inventaron para hacer más infelices a los pobres.

Durante las consultas que adelanté con mis familiares y amigos para llegar a la conclusión de que había que votar por el doctor Timochenko, hablé con un destacado político –del Centro Democrático, para más señas– que me dijo que la JEP tenía como único objetivo empapelar al ex presidente Álvaro Uribe.

Bastante contrariado, y casi que a gritos, le respondí: “Uribe tiene que responder por todo el mal que hizo durante sus ocho años de gobierno. Ordenó la muerte del gran Raúl Reyes; le pagó a ‘Rojas’ para que asesinara al inolvidable Iván Ríos; extraditó a Simón Trinidad, y, lo peor de todo, cuando las Farc estaban a punto de tomarse el poder con la fuerza de las ideas y no de las armas, le dio por perseguir a la guerrilla con ese cuento chimbo de la seguridad democrática”.

Mi interlocutor calló por unos segundos y, con la cabeza inclinada y en voz baja, me contestó: “Hombre, Iván, usted tiene toda la razón. Nadie había dicho una cosa tan cierta. Si Dios me da vida, en mayo votaré también por el doctor Timochenko”.

Otra de las personas con que conversé, abogado de profesión, me insinuó que yo podía estar equivocado con el voto por el doctor Timochenko porque Washington no vería con buenos ojos que él fuera presidente de los colombianos por aquello de que el gobierno de Trump lo tiene en las listas de terroristas y narcotraficantes.

A este infeliz despistado creo haberlo convencido más fácil que al anterior con un argumento contundente e irrebatible: “A mí –le dije– me importa un comino lo que piense Estados Unidos del doctor Timochenko. O si no mire cómo han progresado Cuba y Venezuela desde el día en que sus presidentes decidieron quitarse de encima el yugo norteamericano. El mundo entero admira a los gobiernos de La Habana y Caracas por su progreso. Allá nadie pasa hambre y todo el mundo puede opinar libremente. Son las democracias más

perfectas. Estoy seguro de que hoy por hoy son los más países más desarrollados del mundo. ¿O es que acaso a usted no le gustaría que en Colombia viviéramos como en Cuba o Venezuela?”.

“O como en Corea del Norte, Iván”, me respondió con una sumisión que acepté pese a mi modestia. Y agregó: “Usted me deja sin argumentos, Iván. Sepa que mi voto y todos los de mi familia serán para el doctor Timochenko. Si quiere le firmo ya sobre piedra o sobre mármol. Además –y aquí reconozco que esto a mí no se me había ocurrido–, ¿cómo vamos a dejar colgado de la brocha con su proceso de paz al único colombiano cuya grandeza solo es comparable con la del doctor Timochenko: el también doctor Juan Manuel Santos?”.

@CancinoAbog

Publicado: noviembre 10 de 2017