Si las cosas cambiaran más de prisa, nunca habría una revolución.

La frase anterior, se le atribuye al filósofo, ensayista, novelista francés Andres Maurois, quien tuviera el valor cívico de refugiarse en los Estados Unidos al negarse a ser cómplice del régimen de Vichy, quien llevaría a la France hacia la Alemania Nazi de Hitler.

De tal forma que el cambio es una consecuencia natural. Podríamos decir que es casi biológico. Que se encuentra en la misma naturaleza del ser humano como tal. Apuntarse a un cambio, al cambio, es un gran reto que cada cierto tiempo invade el ímpetu de la humanidad.

Si se acierta en ese cambio, será en beneficio de todos, todas; por aquello de la equidad de género. La revolución industrial, la primera, produjo una serie de cambios que beneficiaron a toda la humanidad.

Por el contrario, si el cambio lo que produce es un retroceso, el ser humano experimenta una sensación de fracaso interno del cual muy difícilmente se recupera. La isla de Cuba es una muestra de ello o la Venezuela de Chávez o la Nicaragua de Ortega.

En Bogotá, el profesor, un ciudadano Antanas Mockus, nos invitó a un cambio para el período 1995 -1997. Desde entonces, Bogotá ha sido gobernada por dirigentes de izquierda en sus diferentes formas de lucha política cuya lista solo deja un mar de tristeza y amargura: Enrique Peñalosa, Samuel Moreno, Lucho Garzón, Gustavo Petro, reemplazado luego por el inefable Rafael Pardo, de nuevo Enrique Peñalosa, para llegar a la actual alcaldesa Claudia López, con su foulard, ahora sus rines de lujo, quien también nos invitó a un cambio.

Es decir que en Bogotá, la izquierda radical, carnívora y sus aborígenes llevan en el poder 26 años y la ciudad está como está.

Claro está, que para los Alcaldes progresistas, llenos de cambios pero sin rines, o ¿Sí? De Cali y Medellín solo les bastó un año para someter a la anarquía y el caos a sus ciudades.

(Y se quejan de Álvaro Uribe, él sí, sin foulard ni rines).

Lo primero que se produce cuando llegan al poder gobiernos del estilo Claudia López, es el deterioro paulatino y constante de la infraestructura básica: Seguridad, Vías, Salud, Transporte; por solo mencionar algunos ítems.

Después, su gestión se ve reflejada en el manejo financiero, de tal forma que hizo aprobar por el Concejo de Bogotá un cupo de endeudamiento con el fin de atender las necesidades del sistema de transporte masivo Transmilenio, por lo menos ese fue el anuncio inicial.

Acto seguido, las calificadoras de riesgo bajaron la calificación de la ciudad a BB-; cuando si por algo se había caracterizado la ciudad era por un aceptable manejo de sus finanzas.

Hoy, Transmilenio no tiene gasolina (ni rines, pero sí muchos foulards) sino hasta el mes de Agosto del presente año. Nace, entonces, la pregunta: ¿En qué se gastó el cupo de endeudamiento? ¿En el rescate social para los jóvenes de la primer línea?

Mientras tanto, los jóvenes de la primera línea quieren un cambio pero a la inversa. Esos, jóvenes románticos que destruyen estaciones de Transmilenio. Pintan y destruyen monumentos: Los Héroes, Jiménez de Quesada, Colón. Ocupan predios del Acueducto para entrenarse: ¿con el beneplácito de Claudia? Esos jóvenes que tienen sitiados los portales de Usme, Américas y Suba.

Pero, eso sí, doña Claudia junto con su foulard y sus rines, sale victoriosa pintando una escalera de la diversidad.

Hay que producir un cambio, decían unos jóvenes, ellos sí sin foulard, sin rines pero con una papeleta en su mano, ¿papeleta? Quienes nos metieron el gol de la constituyente de 1991 declarando a Colombia como un Estado social y de derecho. Hoy, Colombia no tiene Estado, ni es social, ni tiene derecho. O, más bien, lo único que sí tiene es un exceso de Derecho.

Por cuenta de esos cambios, vemos a una clase dirigente, si se le puede llamar así, toda atolondrada, como doña Claudia, con foulard y con rines, o ¿sin rines? dirigiéndose hacia el fracaso del Socialismo bolivariano del siglo XXI.

Doña Claudia; nos ha conducido al  surgimiento milagroso de un profeta de pacotilla, o, de foulard y sus rines.

No, es de extrañar, por lo tanto, que al igual que Salvador Allende, doña Claudia tenga destruida la ciudad capital, Bogotá, que debería ser la imagen del país, en menos de un año.

Puntilla: De Richi Gómez: Doña Claudia: Las ambulancias también tienen rines, seguro serán de lujo.

Rafael Gómez Martínez

Publicado: julio 27 de 2021