El poder es un narcótico tan fuerte que puede producir los mismos efectos de “paraísos artificiales” de drogas como la heroína o la cocaína. Generando al que lo padece sentimientos de grandeza y de confianza exagerada, que lo puede llevar a despreciar a las otras personas y actuar en contra del sentido común. La persona está tan poseída que se siente capaz de realizar actos heroicos  y sobredimensionados que lo sacan de la realidad, por lo que actúa yendo más allá de la moral ordinaria.

La siquiatría lo aborda porque es un síndrome muy común que pueden padecer algunos líderes, como por ejemplo el presidente Santos. Y que no reviste ninguna gravedad fisiológica porque mágicamente desaparece cuando el poseído pierde el poder o la gobernanza.

Aunque no es una patología de la mente, el Síndrome de Hubris (del griego hybris o ego desmedido) o adicción al poder, distorsiona la realidad haciéndole sentir al poseso sentimiento de grandeza que lo hacen perder el contacto con la verdad y lo lleva a ser proclive a la mitomanía, como es el caso de nuestro presidente Santos. Para los griegos este comportamiento era deshonroso y debía ser censurado porque en muchísimas ocasiones se mezcla con el narcisismo, la soberbia y la arrogancia. Y si se descuida puede llegar hasta producir un trastorno bipolar.

El poseído tiene además la necesidad, y es el caso de nuestro presidente, de recibir constantemente halagos que terminan haciéndolo sentir por encima del bien y del mal. Y de creer que no hay más autoridad que la de él, cosa que lo conduce a creerse superior al resto de los mortales. Por eso decía John Locke: “La adulación es un vicio horrendo que empobrece al que lo recibe, aunque le haga creerse un dios”.

Pero luego después, el Hubris,  tras la subida, generalmente cae en un bajón, y le viene una especie de némesis, que es como la divina providencia castiga la arrogancia del que lo sufre, en este caso, la del presidente Santos.

El Hubris puede llegar a ser tan fuerte y desmedido que por ejemplo el emperador Claudio, que lo padecía, y que no solo era tartamudo, sino que sufría de aerofagia, es decir tragaba aire, y le era imposible retener los gases, promulgó un edicto que obligaba a sus gobernados a tirarse dos flatos por cada uno de los de él. Este edicto o ley del emperador Claudio, fue el punto de inflexión del imperio romano, y a partir de el,  los emperadores dieron rienda suelta a sus caprichos.

Así que, del gobernante que vive este síndrome cualquier cosa se puede esperar. Y en el caso del presidente Santos solo toca orar para que pase rápido el tiempo, y no vaya a seguir cometiendo tantos desafueros. Aunque lo ideal de su némesis seria que se le revocara su mandato, cosa que le serviría muchísimo porque como suele suceder con la cura del síndrome, la dejación del poder lo devolvería a la realidad.

 

@rodrigueztorice