En estos días han ocurrido en Colombia hechos que nos dejan estupefactos.

Varios de ellos tienen que ver con la cúpula del Poder Judicial: la persecución desatada en la Sala penal de la Corte Suprema de Justicia contra el hoy senador Uribe Vélez, el inicuo fallo de la Corte Constitucional sobre la JEP, la absurda sentencia del Consejo de Estado en torno de la acción terrorista de las Farc contra el Club El Nogal. Otro caso es el de los indicios de un fraude descomunal que elevó los guarismos en la consulta anti-corrupción. Uno más, el descenso en la popularidad del presidente Duque, sin haber cumplido el primer mes de su período. ¿Para qué seguir?

La crisis de nuestro sistema judicial viene de vieja data. Hace algunos años dí una conferencia en la SAI en la que señalé tres graves defectos: la ideologización, la politización y la posible corrupción incluso en las más altas esferas del mismo.
Hoy se piensa que una de las más serias y urgentes prioridades en la agenda pública tiene que ser la reforma de la justicia, aunque no haya mucha claridad sobre el contenido y el modus operandi para llevarla a cabo.
Permítaseme adelantar una conclusión pesimista en grado sumo: estamos bajo la coyunda de una verdadera dictadura judicial y no hay instrumentos institucionales aptos para desmontarla.
Mediante al Acto Legislativo No. 2 de 2015 se pretendió reformar a fondo el equilibrio de poderes instaurado en 1991. Unas de esas reformas tocaban con el Consejo Superior de la Judicatura, la administración de la Rama Judicial, el régimen disciplinario de sus integrantes y el juzgamiento de magistrados de las Altas Cortes. Se previó para el efecto la eliminación del Consejo Superior de la Judicatura, la asignación de sus funciones disciplinarias a una Comisión Nacional de Disciplina Judicial, la creación de un Consejo de Gobierno Judicial y de una Gerencia de la Rama Judicial para la administración de esta, y la de una Comisión de Aforados para investigar y acusar a magistrados de las Altas Cortes y el Fiscal General de la Nación.(Vid. Reforma de equilibrio de poderes y reajuste institucional, Acto legislativo 2 de 2015, Claves para entender qué queda de la reforma de equilibrio de poderes, La accidentada existencia del Consejo Superior de la Judicatura.)
Pues bien, la Corte Constitucional hizo trizas estas saludables iniciativas bajo argumentos especiosos, dejando apenas in nuce lo relativo a la Comisión Nacional de Disciplina Judicial, llamada a sustituir la cuestionada Sala Disciplinaria del Consejo Superior de la Judicatura y que todavía no se ha podido poner en marcha. Apenas el 6 de agosto último vino a expedirse el Decreto reglamentario 1485 para ternar y elegir a sus integrantes.(Vid. Decreto para ternar y elegir magistrados).
La llave de las reformas está en poder de la Corte Constitucional, que hace lo que literalmente le da la gana, pues no hay quien la pueda controlar eficazmente. Quienes hoy la integran fueron elegidos al gusto de Santos, para períodos que exceden el de Duque. Esto significa que cualquier intento del actual gobierno para modificar esa brumosa entelequia que se cree que es la Constitución Política de Colombia, deberá contar con el favor de dicha Corte, que como la donna de Rigoletto, “è mobile qual piuma al vento, muta d’accento e di pensiero”.(Vid. La Donna è Mobile).
Teóricamente, el juzgamiento de magistrados de las Altas Cortes es de competencia del Congreso, a partir de  la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes. Pero los congresistas le tienen pavor a la Corte Suprema de Justicia, dado que esta dispone de los medios para contrarrestarlos, en virtud del fuero con que la Constitución dizque pretendió protegerlos y le da pie a aquella para perseguirlos.
No me cabe duda: la Constitución vigente es, como lo he dicho desde el principio, un “Código Funesto”, un criadero de monstruos institucionales que dificulta enormemente la gobernabilidad de Colombia.
Por esta y otras consideraciones, sostengo que el presidente Duque se ganó la rifa del tigre. Obtuvo la Presidencia, pero no el poder. Sus posibilidades de “gobernanza”, como ahora se dice, son parecidas a las de quien participa en una “carrera de encostalados”. Podemos ofrecerle un voto de confianza, un amable compás de espera, mas sin mucha fe en su capacidad para cumplir las sanas promesas que nos animaron a votar por él.
Reitero que no nos es dable esperar maravillas de Duque. Pero lo cierto es que de Petro si podíamos esperar pesadillas. Y su sombra ominosa sigue pesando en nuestro panorama político, como la de esos personajes malignos que pueblan el mundo de las leyendas.
Ojalá pudiésemos decir con eficacia: “Vade retro, Petro”.
Jesús Vallejo Mejía
Publicado: agosto 30 de 2018