Escribo como padre de dos hijos que ha vivido al igual que millones de padres de familia la educación académica de sus hijos desde la virtualidad. Entiendo que la medida se adoptó para proteger a los estudiantes, profesores, y al entorno familiar. También comprendo, lo he escrito, que nadie imaginó este momento, como tampoco nadie estaba preparado parta enfrentar esta bomba atómica no detonada como lo es la pandemia provocada por el coronavirus.

Ha pasado lo que tenia que pasar. Confinamientos obligatorios, toque de queda, cuarentenas, pico y cedula, pico y placa, cierre del comercio, iglesias, restaurantes, prohibiciones de todo orden, quiebras, desempleo, dolor y muerte. Pero creo que la peor parte, la han tenido que vivir los niños, los estudiantes de colegios y escuelas, que de un día para otro dejaron de asistir a su espacio natural como lo es el salón de clases, el corredor, la cancha, los espacios necesarios para transitar de la niñez a la preadolescencia; no solo dejaron de estar en esos espacios necesarios para su desarrollo psicosocial, sino que fueron confinados obligatoriamente a quedarse por cerca de un año en apartamentos que no superan los 100 o 120 metros cuadrados.

La formación virtual en esta etapa académica es un descalabro total, no por los profesores, sino porque la presencialidad permite tener mayor rigor en la formación académica, seguimiento individual para aquellos estudiantes que se quedan del pelotón, y posibilita adelantar actividades complementarias a las académicas como son la música, el deporte, el arte, vivir la vida. También hay que decirlo, la virtualidad profundizó la desigualdad social, desequilibró la educación equitativa. Quedó probado que los colegios privados con trayectoria y pasado académico asumieron con mayor responsabilidad la virtualidad; no me atrevo a sentenciar porque no tengo los elementos evaluativos, pero creo que los colegios públicos se rajaron en esta metodología de formación.

Los niños son el primer grupo poblacional al que hay que protegerle sus derechos constitucionales y universales, a ellos como a nadie se les ha violado esos derechos, absolutamente todos los derechos, y la virtualidad es una forma de violar el derecho que tienen a acceder a la educación integral.  Los efectos psicológicos y psiquiátricos de la virtualidad y el confinamiento obligatorio de los niños están por verse, de por si ya son una generación que queda con la huella del miedo, del pánico colectivo. Es increíble que después de escuchar a diferentes científicos expertos en formación académica, en desarrollo social y colectivo, y que después de conocer alerta de la misma Organización Mundial de la Salud de los peligros y riesgos de la virtualidad, en Colombia se insista en la misma.  

Es incomprensible que mientras todo el mundo reinició sus actividades, mientras todo el mundo está en las calles y lugares públicos, a los niños se les siga negando su derecho a regresar a las aulas de clases y a compartir con sus compañeros y amigos. Que falta de pertenencia, liderazgo, autoridad, y sensibilidad de la Ministra de Educación, quien prefirió dejar en manos de alcaldes populistas e inexpertos el manejo sensible de la educación en medio de la pandemia.  

Mis hijos me han pedido que haga algo para que puedan volver al colegio. La semana pasada cuando todo estaba listo para que ellos regresaran nos tocó darles la noticia que no podían regresar porque el alcalde de Bucaramanga lo prohibió: no saben la reacción que tuvieron, la tristeza que tienen. Qué impotencia tan descomunal.   

@LaureanoTirado

Publicado: febrero 2 de 2021