Estos días que conmemoran la pasión, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo invitan a reflexionar sobre su significado para la historia de la humanidad, la vida de las sociedades y la experiencia personal de cada uno de nosotros.

Si verdaderamente era el Hijo de Dios que vino al mundo para dar testimonio del amor del Padre, liberarnos de la opresión del pecado y enseñarnos un camino cierto de vida eterna, no cabe duda de que se trata del personaje y los acontecimientos más importantes de la historia, y así lo hemos creído sus fieles a lo largo de casi dos mil años en todas las latitudes.
Pero suponiendo que era apenas un iluminado que, al igual que otros muy significativos, ofreció unas enseñanzas, dio unos testimonios de vida e inició un muy influyente movimiento religioso que se ha extendido por todo el mundo, su dimensión histórica no podría sernos indiferente, ya que su ejemplo y sus enseñanzas han inspirado dos grandes civilizaciones, la cristiana occidental y la bizantina, y está ejerciendo renovada influencia en África y Asia.

Hay una cosmovisión cristiana inspirada en el Evangelio que se ha proyectado en las instituciones, las normatividades, la política, el pensamiento, el arte, la literatura, la arquitectura, la ciencia, la educación, las costumbres y, en fin, la vida cotidiana de muchos pueblos.

Aunque ahora se pretende ignorarla, demeritarla y hasta erradicarla, ahí está aún vigente y dando muestras de su fuerza civilizadora. No se puede negar, sin embargo, que es una cosmovisión que postula un ideal no realizado y quizás irrealizable, pues se trata nada menos que de hacer que venga a nosotros el Reino de Dios, que no es de este mundo. Es un ideal que postula que es necesario superar nuestra naturaleza en aras de la trascendencia del espíritu. Puede haber sociedades que acerquen más unas que otras a su realización, pero de ninguna se puede afirmar, como bien lo dijo Chesterton, que sea auténticamente cristiana.

Paul Ricoeur ha dicho que toda civilización surge de un impulso hacia lo alto. Y las de más elevadas miras, pero también las más difíciles, son precisamente las que se inspiran en la cosmovisión cristiana.

En otra ocasión me he preguntado sobre lo que sucedería si en la vida colectiva desaparecieran del todo los valores que promueve el cristianismo. Por ejemplo, ¿qué sería de la fecunda idea de la dignidad de la persona humana si la desconectásemos de sus raíces evangélicas? ¿Qué pasaría si en las relaciones interpersonales desapareciera el valor de la caridad? ¿Qué sería de cada uno de nosotros si abandonásemos, como reza la entrada al infierno de Dante, toda esperanza? ¿Podemos darle sentido a nuestra vida si perdemos del todo la fe en algo superior a lo que consideramos útil o meramente deleitable? ¿Qué valor tendría nuestra libertad si la desligáramos del amor, asunto del que trata una preciosa conferencia de Gustave Thibon que encontré por casualidad en mis frecuentes navegaciones por la red ? (Vid. ¿Ha muerto Dios?)

Pero más que a la configuración de las sociedades, el mensaje evangélico se dirige a cada uno de nosotros para ordenar nuestra interioridad y nuestras relaciones interpersonales. Es un mensaje de conversión que nos llama a modificar nuestras actitudes y nuestros comportamientos, así como a relacionarnos amorosamente con nuestro prójimo. De ahí se sigue el mejoramiento de la sociedad: esta cambia para bien en la medida de la transformación de cada uno de nosotros.

La edificación del Reino de Dios parte de nuestras disposiciones íntimas y va cobrando forma en nuestra vida de relación a través del ejemplo, la abnegación en el servicio, la ayuda desinteresada a los demás, la cooperación, el desapego a los bienes terrenales, y todo aquello que entraña la idea de la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48).

Es todo un programa de vida en extremo difícil de llevar a cabo. Implica negarnos a nosotros mismos. Cuando creemos haber alcanzado ciertas metas así sean parciales y hasta menudas en ese camino de perfección, cualquier acontecimiento inesperado puede afectarlas y producir retrocesos, como sucede con una decepción amorosa, un fracaso que nos humilla, una enfermedad que nos doblega, un tropiezo que nos desanima, una ofensa que nos hiere y pone a prueba nuestra disposición de perdonar de modo tal que seamos capaces de amar a nuestros enemigos, etc. Solo por la gracia de Dios nos es dable superar estas dificultades y transitar hacia esos estadios avanzados de la vida espiritual.

El cristiano es un ser que anda en contravía de la sociedad que lo rodea. Esta constituye uno de sus tres grandes enemigos: el mundo. Suele presionárselo para que se adapte a sus dictados, cuando su misión es desafiarlo y transformarlo. El gran desafío se da cuando Nuestro Señor Jesucristo se entrega al suplicio de la cruz. A partir de ahí, cada uno de nosotros ha de estar dispuesto a tomar su cruz y seguirlo. Pero son sacrificios  que dan frutos de redención en muchos sentidos.

Muchos pasajes evangélicos nos ponen a prueba, obligándonos a reflexionar seriamente acerca de la vida que llevamos. Pienso al azar en parábolas como la del Buen Samaritano, el Hijo Pródigo, el Pobre Lázaro, la Oración del Publicano, la Dracma Perdida, el Óbolo de la Viuda, los Jornaleros de la Última Hora,  etc. o en episodios como el de la Mujer Adúltera, el Buen Ladrón, el Joven Rico y tantos otros que nos confrontan con nosotros mismos.

¿Nos aprisiona la buena conciencia del fariseo que en su oración se declara satisfecho por sus muestras exteriores de virtud? ¿Creemos tener derecho a ocupar los primeros puestos en el banquete celestial? ¿Nos sentimos mejores que nuestros semejantes? ¿Qué nos espera al hacer el tránsito de esta vida mortal a la eterna? ¿Qué podemos mostrarle al Señor que sea verdaderamente meritorio?

Pienso en esto a menudo y viene a mi memoria el recuerdo de mi madre agonizante que temía presentarse ante Él con las manos vacías, ella que hizo bien por doquiera.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: abril 19 de 2019