Nos dijeron que estábamos ante el mejor acuerdo posible, que ni la Santa Madre Teresa de Calcuta, Malala o Mandela habrían logrado si quiera de lejos alcanzar lo pactado entre Juan Manuel Santos y el criminal alias “Timochenko”. Fue tan pomposa la pantomima que hicieron en La Habana, que lograron hacer sonar las cornetas en Oslo, Noruega para anunciar que el Nobel de Paz sería otorgado a uno de los pactantes mencionados, -premio muy cuestionado por demás-.

Santos decidió lanzar al traste la lucha contra el narcotráfico, cosa que le resultó muy provechosa a las Farc, que hoy por hoy son el principal cartel de cocaína en el mundo. La persecución, judicialización y combate contra la criminalidad de las guerrillas fue remplazada por la benevolencia de un gobierno que prefirió sentarse a manteles con los terroristas.

A los cuatro vientos gritaba Humberto de la Calle que la guerra había terminado, su ingenuidad llegó a ser una duda, pero al final descubrimos que era un acto de mala fe; en realidad lo que había cesado era la acción valerosa a la que nos tenían acostumbrados nuestras tropas, durante los años de gobierno del presidente Uribe. 

La estrategia macabra de Santos consistió en dividir a la población en dos, por un lado estarían los amigos de la paz y por el otro los amigos de la guerra; los primeros se compondrían por contratistas de toda índole que fascinados con los jugosos contratos se encargarían de decirle sí a todo lo que el gobierno propusiera. También integrarían el grupo los sectores de la izquierda que interesados en desarrollar sus agendas vieron en el pacto habanero una enorme oportunidad. 

Allí también convergieron los más corruptos politiqueros, quienes movidos por la mermelada ajustaron toda su maquinaria a favor de la supuesta paz y algunos sectores de la sociedad civil, que sin la suficiente información e impulsados por la buena fe se sumaron al farsante proceso de pacificación santista.

Quienes fuimos señalados por el dedo injurioso de Santos como enemigos de la paz estuvimos congregados al rededor de la defensa de los intereses superiores de la patria. Desde estas toldas se advirtió por el ex procurador Ordóñez que nadaríamos en coca mientras las Farc en dólares y así es como sucedió. Fue acá también donde dimos cuenta que los responsables de los delitos más reprochables gozarían de plena impunidad, al tiempo que sus víctimas quedarían postradas en el olvido y eso es hoy una realidad.

Pero lo que algún día nos temimos ocurriera está sucediendo ante todos y aquí no pasa nada. Los mayores delincuentes de nuestra historia posan como grandes hombres ante el Congreso de la República, esto a la vez que otros de sus camaradas continuan con el negocio maldito del narcotráfico que es de donde obtiene los recursos para su financiación y lo que es peor, los más sangrientos delincuentes se dieron a la fuga para dirigir a las estructuras remisas que habían adoptado el nombre de disidencias; de esta forma completan un triada siniestra a la que solo le faltaba el brazo armado que ya tienen nuevamente. 

@MiguelCetinaC

Publicado: septiembre 7 de 2018