El país ya está acostumbrado a los ataques de histeria del expresidente César Gaviria, reconocido por sus salidas desesperadas y en muchos casos, incontrolables. Ese comportamiento melodramático le desluce a alguien que ocupó la más alta dignidad de la República. 

Es sabido que el exmandatario ha estado bastante nervioso con el caso de Odebrecht, pues más temprano que tarde el nombre de su hijo Simón terminará apareciendo en medio de ese escándalo de corrupción, sobre todo ahora que ha empezado a moverse la posibilidad de que el corrupto exsenador Bernardo “Ñoño” Elías cuente los detalles sobre la forma como se movió el dinero de la empresa brasilera para financiar la campaña reeleccionista de Juan Manuel Santos, campaña en la que participó muy activamente el joven Simón Gaviria quien astutamente resolvió desaparecerse del panorama nacional desde que el tema Odebrecht empezó a ser investigado por la justicia.

La acusación de César Gaviria contra el presidente Duque es francamente delirante. Sólo a una persona incapaz de trazar una línea divisoria que permita distinguir entre la realidad y la fantasía puede aseverar que el asunto de las cancelaciones de visas de magistrados fue algo acordado entre los gobiernos de Colombia y los Estados Unidos. 

Un señalamiento ridículo e inverosímil. Gaviria, que bien conoce la forma de proceder del gobierno norteamericano, sabe que ningún tercero puede interceder en materias tan delicadas como la migratoria. 

LOS IRREVERENTES, por distintas fuentes allegadas al gobierno, confirmaron que de tiempo atrás César Gaviria ha venido enervando un gran rencor contra el presidente Duque por motivos burocráticos, pues los liberales han sido los mayores perjudicados con la justa y necesaria suspensión de la “mermelada”. Aquello explica, también, su falta de patriotismo al negar cualquier posibilidad de entendimiento para superar la crisis política que atraviesa el país, como consecuencia de las decisiones erradas de la JEP, tribunal creado por Santos -y los liberales- para garantizar la impunidad de los terroristas de las Farc. 

Para nadie es un secreto que el partido que preside Gaviria fue el gran beneficiario de la corrupción durante el gobierno de Juan Manuel Santos. El propio expresidente logró que su hijo fuera nombrado en la dirección del departamento de planeación nacional. De hecho, una de las grandes molestias del exmandatario tiene que ver con la sensata decisión de la actual directora de planeación, Gloria Alonso, de revisar algunos contratos sospechosos celebrados durante la gestión de Simón Gaviria. 

El canciller de la República, Carlos Holmes Trujillo, con entereza, le salió al paso a los viles señalamientos del desaforado expresidente liberal, al decir que “el gobierno de Colombia no ha ejercido, ni ejerce y no ha promovido presiones indebidas ni de ningún tipo contra el poder judicial en el caso que hoy se trata [el de las visas] ni en ningún otro caso”.

La bajeza de Cesar Gaviria es lamentable. Triste que haya delatado así su desespero por el corte de la “mermelada” que recibía a chorros el partido liberal y ante las inminentes investigaciones penales que habrán de surtirse contra su hijo Simón en el marco del proceso de Odebrecht. Sólo falta que el “Ñoño” Elías empiece a hablar para que el país descubra la magnitud del involucramiento del hijo del expresidente en ese entramado criminal. 

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 21 de 2019