Por José Obdulio Gaviria

El presidente Santos convocó un plebiscito. Previamente, siguiendo las insinuaciones marrulleras de Roy Barreras, preparó el terreno para que fuera imposible que en el tal plebiscito perdiera el Sí: bajó el umbral a una cifra despreciable (13%) lo que emasculó una posible campaña abstencionista; elaboró la pregunta como “le dio la gana” a fin de que diera casi vergüenza responder No (para no dar la imagen de “guerreristas”); se gastó el presupuesto nacional en publicidad directa e indirecta por el Sí; negó financiación estatal para el No; cerró campaña en Cartagena con un acto que parecía la “boda del siglo”; amarró “lealtades” de gobernadores y alcaldes con mermelada y amenazas; denigró del Sí, de sus impulsadores, los definió como enemigos de la paz e ignorantes, en fin…

Enfrentados los ciudadanos al tarjetón y después de leer y releer la pregunta (¿Apoya el acuerdo para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?), ellos marcaron mayoritariamente la casilla No (no hubo casilla para el voto en blanco).

Así las cosas, pregunto, a qué viene la alocución de Santos dando a entender que el debate sigue como si nada hubiese pasado el dos de octubre. Dice: “Hemos seguido escuchando a las diferentes expresiones del No y del Sí con el fin de tener todos los elementos de juicio para lograr un nuevo acuerdo de paz lo más pronto posible”. Traduzco: “he venido aparentando un diálogo con los ganadores, para volverlos perdedores”. Incluso se fue a Nariño, Antioquia, a simular un diálogo popular. Dizque “quería conocer, personalmente, por qué en una zona que sufrió mucho el conflicto armado, el 67% votó por el No”. Luego, manipulador como es, le contó al país, a su amaño, lo que piensa la base popular. Su síntesis es que el Sí fue el que verdaderamente ganó, porque la gente estaba o desinformada, o engañada, o etcétera.

Santos me hace recordar a Pérez, un hincha del DIM que se hizo famoso en las tertulias del Parque Bolívar, porque llevaba su propia clasificación del equipo, nunca atenida a los resultados oficiales de la liga sino a sus apreciaciones, algo (muy) arbitrarias. Donde la liga de fútbol anotaba cero puntos para el DIM, el “barra brava” le anotaba tres puntos y daba por ganado el partido: que porque un tiro del DIM dio en el palo y, prácticamente, fue gol; que porque hubo un penalti a favor que no sancionaron o uno en contra que sí sancionaron sin haber sido falta o, incluso, que porque cierto gol en contra había sido marcado cuando ya debía haber terminado el partido o viceversa. Por eso, en la clasificación que Pérez llevaba en su libretica siempre aparecía el DIM punteando la tabla con, digamos, 33 puntos, mientras en la cuenta real que publicaba El Colombiano, perfectamente podía estar disputando el puesto del colero con el Pereira o el Cúcuta.

Ese espacio de diálogo en Nariño, asegura Santos, “sirvió para aclarar muchos de los temas y darle tranquilidad a los colombianos sobre el acuerdo”. Está muy contento porque  ese “espacio de diálogo haya servido también para aclarar muchos de esos temas y dar tranquilidad a los colombianos sobre el Acuerdo”. En consecuencia, parece que nos va a citar otra vez a plebiscito.

La enseñanza que parece que nunca aprenderá Santos es que las campañas se ganan antes de las votaciones, no después. Su viaje a Nariño, Antioquia, debió ser antes del dos de octubre, no ahora para preparar el terreno para el más absurdo fraude electoral que conozca la historia: repetir una votación hasta cuando el gobierno la gane. Un nuevo acuerdo, dice Santos como si no hubiese habido plebiscito o si el que hubo hubiese sido un mero simulacro, “YA es el clamor ciudadano, es la voluntad del Gobierno y debe ser también la de las FARC. Es un imperativo para que no se vaya al traste el enorme esfuerzo de estos últimos seis años”. Eso en otras latitudes lo llaman hacer conejo. 

@JOSEOBDULIO