Santos, por su debilidad, está prestándose para que Nicolás Maduro haga lo que le venga en gana con nuestra frontera.

2219 kilómetros de frontera no nos separan; nos unen con el pueblo venezolano. Somos dos naciones hermanas y nuestra suerte está íntimamente ligada, por eso las dificultades deben ser atendidas con toda prudencia, sin que ello signifique, en absoluto, debilidad.

La frontera no puede ser utilizada confines políticos como acostumbre hacerlo la dictadura venezolana.

Durante los aciagos tiempos de Hugo Chávez, los colombianos tuvimos que soportar los desafíos de ese tirano que frecuentemente ordenaba militarizar la frontera. La amenaza de guerra fue muy frecuente, trayendo nefastas consecuencias en la vida de los millones de personas que viven a lado y lado de la frontera.

Cuando el régimen se siente anegado con su propia desgracia, utiliza la frontera para agitar el discurso anticolombiano como válvula de desagüe. Millones de compatriotas nuestros viven, trabajan o estudian en Venezuela deben ser respetados, sus derechos reivindicados y no pueden ser tratados como personas de inferior categoría.

A los hermanos venezolanos que han huido de las garras de la tiranía, los recibimos en Colombia con los brazos abiertos. Tienen todo el derecho a vivir en libertad, o en lo que queda de libertad por cuenta de los desmanes de Santos.

Es un error que el gobierno colombiano no promueva iniciativas mucho más contundentes para la defensa de la democracia venezolana. Resulta insólito que la canciller santista se oponga a la aplicación de la carta democrática de la OEA, alegando que aquello no tendrá consecuencia alguna.

Mutatis mutandis, el argumento de la jefe de la diplomacia colombiana es tan ligero como el que dice que no hay que combatir el delito, porque ladrones seguirán existiendo al margen de las sanciones que se contemplen en los códigos y las leyes.

Al régimen venezolano no puede tratársele con consideración ni respeto. No los merece. Es una dictadura inhumana, corrupta y narcotraficante que está matando al pueblo venezolano y lo que allí suceda, irremediablemente nos afecta a todos los colombianos.

La hambruna que se padece al otro lado de la frontera, además del doloroso impacto humanitario, tiene efectos directos en Colombia. La falta de alimentos, estimula el mercado negro y el contrabando y todo ello desembocará en mayores índices de inseguridad.

La ministra Holguín, tan rápida cuando de justificar y proteger a Maduro se trata, ha resultado muy lenta e incompetente a la hora de formular una política integral para el manejo de la frontera con Venezuela. Valga recordarle a esa funcionaria que ella trabaja para el Estado colombiano, no para el inquilino del Palacio de Miraflores.

Al margen del diferendo sobre la frontera marítima en el golfo de Coquibacoa, los límites entre Colombia y Venezuela están perfectamente establecidos desde 1941 a través del tratado López de Mesa-Gil Borges.

Así que ninguna razón le asiste al tosco dictador Maduro para enviar soldados suyos al departamento de Arauca. Para la ministra Holguín, aquello fue un “impasse”, cuando a las cosas hay que llamarlas por su nombre: Venezuela nos invadió y sus hombres permanecieron ilegalmente en nuestro territorio durante más de una semana sin que el gobierno colombiano hiciera uso de las herramientas del derecho internacional que tiene a su alcance.

Santos, por su debilidad, está prestándose para que Nicolás Maduro haga lo que le venga en gana con nuestra frontera. El dictador, poco ilustrado, no tendrá inconveniente alguno en emprender acciones demenciales contra Colombia, con la desgracia de que nosotros no tenemos un gobierno dispuesto a impedírselo.

@MargaritaRepo

Publicado: abril 1 de 2017