Santos, que fue derrotado, tiene que entender cuál es el sentir mayoritario y hacer cambios de fondo en el acuerdo.

Con ingenuidad desbordada, muchos pensaron que por el simple hecho de que el presidente Uribe accediera a atender la reunión a la que fue convocado por el santo padre, el Papa Francisco, aquello se traduciría en la claudicación de sus principios.

Como bien ha dicho el expresidente de Colombia, él es uno más de los 6.5 millones de ciudadanos que el 2 de octubre votaron por el NO en el plebiscito. Por su condición de líder natural de la oposición lleva una vocería de quienes se oponen al generoso acuerdo que Santos suscribió con los terroristas.

No se puede perder de perspectiva dos elementos que son fundamentales en toda esta discusión: el NO ganó y Santos, literalmente, se robó el resultado de esa votación. (Sobre este asunto, puede leer “Golpe de Estado” y “El robo de Santos”).

Acá no se trata de una oposición derrotada reclamando un mínimo de garantías ni solicitando que su voz sea oída. Estamos en un escenario en el que la oposición fue victoriosa, mientras que el gobierno y su corrupta coalición de gobierno resultaron aplastados en las urnas.

Si el NO hubiera tenido una actitud enemiga de la paz, simple y llanamente se habría cruzado de brazos luego del plebiscito. No fue así. Al contrario, se presentaron bastantes propuestas y las soluciones que en largas jornadas de trabajo fueron sustentadas, fueron desechadas por el gobierno.

Los asuntos sustanciales por los que los colombianos votaron NO fueron descartados e impuestos en un acuerdo al que mentirosamente han pretendido vender como algo nuevo cuando su esencia es exactamente igual a la del documento rechazado.

El clima de polarización y crispación que se vive en Colombia tiene un solo responsable: el arbitrario y soberbio presidente Juan Manuel Santos.

Desde el mismo instante en que fue derrotado en las urnas el 2 de octubre se ha dado a la tarea de minar y reventar a la coalición del NO sin que hasta ahora lo haya logrado.

Se ha equivocado en la manera como ha asumido la crisis. Está totalmente convencido de que logrará seducir a algunos líderes del NO a punta de ofrecimientos o convocándolos a cumbres de altísimo nivel.

Otra de sus equivocaciones ha sido la llevar este asunto al plano personal al creer que el problema es Álvaro Uribe, cuando el expresidente es el vocero del sentir de la mayoría ciudadana. Atacando a su antecesor, persiguiendo a sus aliados políticos, encarcelándole a su hermano o presionando para lograr la extradición a Colombia de un exministro prófugo en los Estados Unidos, Santos no va a lograr que los millones de colombianos que no quieren que los cabecillas de las Farc queden impunes y habilitados para hacer política de forma automática claudiquen.

Si el presidente Uribe aceptó viajar al Vaticano para atender el llamado del sumo pontífice, lo hizo por dos razones fundamentales: por el respeto que en lo personal profesa por la jerarquía Católica y por el interés que lo embarga de encontrar una solución que acabe con la polarización generada por Santos y que tanto daño le ha hecho a nuestra democracia.

Santos espera que la oposición se rinda ante sus pies por el simple hecho de que Noruega, previa la adjudicación de ricos yacimientos petroleros, le entregó el Nobel de paz. (Sobre la compra del Nobel, puede leer “No hay almuerzo gratis” y “La farsa”).

Santos, que no ha ganado nada en las urnas, no puede pensar que se puede robar todo de manera impune y sin generar reacción legítima en la oposición mayoritaria. Lo mínimo que puede hacer es volver a consultar al pueblo. Que sea éste el que diga si el pretendido nuevo acuerdo es válido o no.

Tal vez la oposición esté equivocada y resulte que la mayoría ciudadana esté convencida de que el documento que se suscribió en el teatro Colón sí es nuevo y enmienda todos los aspectos por lo que el NO ganó el 2 de octubre.

De la reunión del presidente Uribe con el Papa Francisco y con Santos, queda un mensaje claro: Santos debe aflojar si quiere que en Colombia haya una plena reconciliación, porque la oposición ya cedió mucho más de lo que para muchos votantes del NO era tolerable.

@IrreverentesCol