Hace un mes recibí una llamada cariñosa y una invitación. Los amigos, poetas y escritores, soñadores todos, hacían un homenaje a Roberto Burgos Cantor,  ganador del Premio Novela 2018 por su obra “Ver lo que veo”. Especial ocasión, un vino para celebrar la ilusión.

El cirujano no tiene horas y solo es puntual a primera hora en el quirófano. Llegue tarde y una prima asistente castigó mi incumplimiento pidiéndome que brindara por este reconocimiento merecido a mi familiar.

Sin tiempo  para organizar mis palabras y permitiéndole al corazón que las escribiera mencione  tres aspectos en la vida de Roberto.

En esta época de incertidumbre que Colombia vive, donde los valores están patas pa arriba –lo grotesco es lo original y lo vulgar la moda- se hace necesario rescatar la dignidad. Esto lo logramos cuando seres de carne y hueso, con fortalezas y debilidades, errores  y aciertos, los tomamos como referentes. Son la esperanza. Personas que durante su vida han logrado materializar su sueño. Seres comunes, que han luchado todos los días detrás del anhelo; se levantan en las madrugadas inspirados en ese sueño. Perseveran, espantan los obstáculos e impiden que debiliten sus ilusiones.

El sueño de escribir fue la vida de Roberto Burgos Cantor.

Recordé como los sueños diversos de nuestros antepasados marcaron su huella. Buenos o malos, cumplieron: empujaron  nuestros ancestros. El Cura Berasategui amancebado con Josefa Burgos, hija de españoles, construyo el latifundio más importante de principios el siglo XIX en el Viejo Bolívar. Nuestros cromosomas se movieron y el abogado Manuel Burgos, uno de sus descendientes, duplico esa extensión y la convirtió en quizá la primera empresa agroindustrial del Caribe. Pero los sueños alcanzaron su máxima expresión con El General Burgos, hijo de Manuel. Iluso y guerrero, alucinó con el petróleo  en nuestra región. Su obsesión fue la industria del azúcar y el ingenio burguero su  cristalización. Los Burgos no hemos sido buenos comerciantes, los malos convenios nos dejaron con sus tristes secuelas. La guerra y sus efectos, la gran depresión, la dignidad del pago de la deuda  contraída y la usura de otros enterraron nuestras riquezas. Nunca nuestros sueños.

Hablé de la miopía del futuro, trastorno de la visión moral de país. Esos tontos individuos que anteponen la recompensa inmediata, independiente del medio que deban utilizar para adquirirla, sin medir las consecuencias posteriores de sus actos. Esos funcionarios jóvenes, hoy investigados o encarcelados, catalogados como reservas para el futuro de su región, que se han dejado deslumbrar por el inmediatismo y hoy somatizan y lamentan sus errores. Son una frustración.

Mencione los universales éticos y como Roberto era un exponente ellos. Recto y firme en sus convicciones, Las cosas materiales nunca desvelaron a Roberto;  el hombre que escribe descalzo tienes raíces con principios muy fuertes, vigorosos. No titubea, sus valores sellan sus decisiones. Son su tierra.

Hablamos un buen rato; gran conversador por la habilidad que tenía para escuchar. Tocamos el último libro y le explique cómo se comportan desde las neurociencias ciertos padecimientos neurológicos. Hay inviduos que han perdido su capacidad para interpretar los estímulos visuales pues alguna enfermedad les ha lesionado el lóbulo occipital, centro de integración cerebral de la visión. Las vías de percepción visual están buenas pero las áreas de interpretación no las procesan. Estos individuos no reconocen su ceguera y se comportan como si su visión estuviese perfecta. Esto se llama agnosia visual y hace parte de los trastornos que entran en el capítulo de las anosognosias.(No  reconocer las enfermedades).

Sus crónicas del último libro, la historia desgarradora de cada uno de estos protagonistas y las causas de esta movilización (guerra, desplazamiento forzado, narcotráfico y su pobreza) son la materia prima que configura la topografía  social de la inequidad.

Nosotros solo vemos la ciudad antigua en Cartagena; no interpretamos los retratos vecinos  de la realidad  que Roberto magistralmente describió en su libro. Sufrimos de agnosia social. Consuela el autor a los personajes: cada uno de ellos los mantiene vivo un sueño.

Hoy entiendo porque Roberto no usaba celular. Lo descubrí en el genial experimento del Parque de Ratas (Stuart McMillen)) estudiando el comportamiento del cerebro adicto. Cuando la convivencia, el  entorno, el ambiente sano son nuestras riquezas espirituales, lo demás sobra. Y si aprendemos a cultivar la soledad y la meditación como él lo hizo, reinventamos la comunicación.

Una persona de mirada sombría y de aspecto reflexivo, espalda cifotica y caminar melancólico no encaja en el prototipo Caribe. Me recuerda más bien la tristeza enjaulada  de Florentino Ariza, el amante obligado de El Amor en los Tiempos del Cólera, desaguada en los innumerables encuentros y compañeras sustitutas del amor encanecido. Pero Roberto era tan caribe como la mojarra frita, el casabe con suero y el dulce de ajonjolí. Genuino como sus escritos.

Tuvimos tiempo para habar de inspiración y creatividad; los 100 metros diarios que debe practicar el escritor para que sus palabras alcancen la meta de la cercanía y la medalla de la empatía.

Quedamos con temas pendientes; en sus letras encontraré al interlocutor.

Roberto Burgos Cantor: trabajo para sobrevivir y vivió para escribir.

@RembertoBurgosE

Publicado: octubre 26 de 2018