EL ser humano es ante todo una criatura social. Para vivir en comunidad la evolución le entregó una serie de normas y pautas de comportamientos. Son los universales éticos. Se desarrollan individualmente en cada persona y crecen ajenos a la cultura, geografía, raza, genero etc. Son estos, principios propios de la especie, los que rigen la forma como se desenvuelve en sociedad. No matar, no robar, no mentir. Son los principios morales como normas de conducta que guían la acción de un ser humano. Nos afirmamos en la especie cuando seguimos estos principios: la honestidad, la gratitud, la justicia, el respeto y la responsabilidad. Son estos los valores que forman el cerebro ético y marcan las conductas empáticas del ser social.

Robar de frente: bombardear  los universales éticos.

Interesante el origen de la palabra escrúpulo. Viene del latín escrúpulos que significa piedra de tamaño pequeño que se mete en el zapato. Es el freno, la duda y lo que nos interroga sobre la moralidad de un acto. Es la voz de la conciencia preguntándonos si lo que hicimos está bien o está mal. Escrúpulos desde el punto de vista de neurociencias es mantener la red amígdala temporal-corteza prefrontal ventromedial activa. Esta autopista moral de doble calzada funcionando, para que actos indecentes sucesivos no apaguen las señales de alarma que, desde esta estructura profunda, la amígdala temporal, enciende el circuito moral del cerebro.

Robar de frente: dinamitar las conexiones amígdala-frontal.

Las neuronas en espejo son quizás uno de los temas más fascinantes de la neurobiología. Se les definen como el germen de la moralidad o la esencia del cerebro empático. Son las vocales del aprendizaje por imitación. Esta es su función; los niños en su desarrollo psicomotor se apoyan en ella: son sus primeras letras. Lo que nosotros hacemos y como nos comportamos lo van asimilando en sus patrones de conducta. El interlocutor imita y hace en el área cortical cerebral encargada lo mismo que hace quien le habla. El bostezo es contagioso, alzar la mano y sentir la tristeza en la escena de despedida final de un amor esquivo  son tres ejemplos cotidianos que reflejan  la categoría e importancia de su funcionamiento. El funcionario imita a su jefe.

Robar de frente: el espejo de la maldad.

No conocemos aun el lenguaje neuronal. Sabemos que es eléctrico. Estamos entendiendo sus frases y puntaciones, sus diptongos y abreviaturas. Pero si estamos convencidos de algo es de su caligrafía decorosa. El cuaderno donde se escribe tiene muchas líneas: el conectoma humano, que apenas estamos descubriendo y explorando sus rutas.

El enigmático túnel del encéfalo tiene una luz de entrada: entender su lenguaje y comprender sus caminos.

Robar de frente: apagón moral.

En un futuro no lejano y con los estudios de resonancia magnética funcional vamos a detectar con anticipación a los corruptos o las personas proclives a los actos delictivos. Anomalías estructurales en la amígdala, el lóbulo temporal o la corteza prefrontal están ya descritas en estos patrones de conductas. Estos estudios de imágenes serán requisitos de selección y harán parte de los códigos de inhabilidades para no permitir que estos individuos detectados lleguen a cargos de responsabilidad social.

Le informaría al señor contralor de la República cómo se comporta el cerebro ante el ilícito y la forma anticipada que estamos buscando, afanosamente desde las neurociencias, ejercer como ciudadanos nuestro control social antes que el delito ocurra. La contraloría integral y anticipada que el cerebro ofrece y el control fiscal previo, intenciones del proyecto de ley presentado por este alto dignatario, coinciden. Tienen un solo propósito: acabar con este vergonzosa y explicita pandemia. Robar de frente me recuerda una frase de Churchill cuando decía: “Esto no es el final, ni siquiera el comienzo del final. Estamos más bien al final del comienzo.”

@Rembertoburgose

Publicado: septiembre 27 de 2019