La brutal e infame masacre de 5 policías adscritos a la estación San José en la ciudad de Barranquilla, acto criminal en el que también quedaron 42 heridos entre uniformados y civiles, es un hecho que enluta al alma de la República y que merece ser rechazado con absoluta vehemencia. La banda criminal ELN, autora de aquella acción sanguinaria, debe ser perseguida y castigada ejemplarmente.

Fue un fin de semana negro para Colombia. En dos días, tres guarniciones de policía fueron objeto de ataques terroristas. Además de la brutal acción contra la estación de Barranquilla, los antisociales atentaron contra otra en el municipio de Soledad (Atlántico) y una en Santa Rosa del Sur (Bolívar), donde 2 policías más perdieron la vida.

La inseguridad y el terrorismo están desbordados en todo el país. Mientras los criminales atentaban contra la estación en Barranquilla, a pocos metros del lugar, otros asesinaban a unos guardianes que transportaban dinero en efectivo en un camión de valores.

La Colombia de hoy, tiene un sospechoso y doloroso parecido con la de hace 18 años, cuando los grupos armados ilegales gobernaban de facto a nuestro país y hacían de las suyas con total impunidad y libertad.

Duele registrar el retroceso en materia de seguridad. Duele ver cómo los antisociales pueden asesinar a los hombres de nuestra Fuerza Pública. Duele que la ciudadanía tenga que padecer nuevamente los rigores de las estructuras delincuenciales.

Dirán los aliados del gobierno que la oposición busca sacar réditos políticos de tragedias como las que se vivieron durante el fin de semana en Barranquilla, Soledad y Santa Rosa del Sur. No es así. Episodios como esos deben ser encarados con la seriedad y profundidad que merecen. Santos, abandonó enteramente la seguridad de los colombianos. Él, en aras de complacer a los terroristas de las Farc, replegó a la Fuerza Pública, debilitó la presencia militar y de policía en las zonas de mayor riesgo y, por supuesto, permitió que Colombia se llenara de cultivos ilícitos que son la principal fuente de ingresos de los grupos armados ilegales.

Preocupa que nuestro país haya retrocedido tanto en materia de seguridad. La violencia es la peor tragedia que puede padecer una sociedad. El terrorismo, además de minar la confianza de los ciudadanos y de generar pánico colectivo, ahuyenta la generación de empleo y el progreso de las naciones.

Santos quería el Nobel de Paz y lo obtuvo, gracias a la firma de un acuerdo desproporcionado e ilegítimo que le regaló a la banda terrorista de las Farc. Pero la Colombia de hoy está a años luz de ser un país en paz. En 2010, los grupos terroristas estaban reducidos a su mínima expresión. Los cabecillas de las Farc y el Eln, estaban escondidos en otros países, como Venezuela, Cuba y Ecuador, mientras que los integrantes de esas estructuras delincuenciales buscaron refugio en lo más profundo de la manigua colombiana. Santos, de manera insólita, sacó a esos bandidos de la selva y los llevó a las ciudades, además de haber convertido a sus “jefes” en actores políticos legítimos, perdonándoles los crímenes que éstos cometieron contra la humanidad.

Paz en la tumba de los policías asesinados. Los autores de esas acciones deben ir a la cárcel y no ser premiados con curules, como las que les serán entregadas a los genocidas de las Farc. Así mismo, Santos debe asumir la responsabilidad política por haber vuelto a Colombia un país invivible, en el que la delincuencia y el terrorismo campean libremente por todo nuestro territorio.

@IrreverentesCol

Publicado: enero 29 de 2018