No acostumbro en mis columnas de opinión, ocuparme de temas locales o regionales, pero ante la situación de inseguridad, zozobra e incertidumbre que padece Cali, consideré pertinente hacerlo.

Y es que francamente sobrecoge la situación de la capital del Valle del Cauca, y más aún, la persistencia de su administración, empeñada en hacer creer que gobierna la ciudad y que ejerce liderazgo sobre sus ciudadanos.

La otrora capital del civismo, forjada con las realizaciones cívicas, visionarias y adelantadas de hombres como Rodrigo Escobar Navia, hoy es una enmalezada ciudad, sitiada por la delincuencia y la criminalidad. El despilfarro, el desorden, el desgreño y la proverbial incompetencia de su administración es manifiesta.

Cali se convirtió en un destapado y polvoriento cruce de caminos, en el que sus residentes vencidos por la contundencia del deterioro social, vial y urbano, han empezado a perder la ilusión del porvenir y hasta el orgullo propio que inspira la localía.

La ciudad parece albergue de forasteros de larga estadía, indolentes al destino de una ciudad ajena, y no residencia de ciudadanos con ánimo de pertenencia, arraigo y señorío.

El abuso y el desacierto de la actual administración, ha creado desesperanza, así como el escenario perfecto para el engaño de ingenuos y necesitados. La perversa explotación de las angustias, los afanes y las carencias ciudadanas, ha entronizando un populismo fundamentado en crear falsas ilusiones para resolver una compleja problemática qué, al contrario, exige de un gobernante con aventajada preparación, capacidad y talento.

El rescate de la ciudad, ya empieza a ser tardío. Se hace imperativo hacer choque a su crisis. Es inaplazable desplegar acciones vigorosas y contundentes para poner freno a la inseguridad, la descomposición, la indisciplina y la anarquía. De no hacerse, la pauperización de la ciudad terminará comprometiendo su gobernabilidad futura.

El alcalde de Cali, debe admitir el rotundo fracaso de su gestión y no prolongar de manera infructuosa el padecimiento y la agonía de una ciudad perdida a su gobierno. En un gesto que en algo lo dignificaría y que honraría la democracia, debería resignar su obstinación de seguir gobernando una ciudad cuya problemática resultó muy superior a su capacidad.

El alcalde no debe desestimar el clamor ciudadano y menos, tratar de descalificar la justa critica a su precaria gestión. Debería dar un paso al costado, facilitar la resolución de esta grave crisis y permitir que otros con mayor inteligencia, experiencia, capacidad y talento intenten rectificar el camino perdido.

La legalidad del gobernante nace en su elección, pero su legitimidad se revalida todos los días. La elección del alcalde de Cali fue legal, clara y contundente, pero el ejercicio de su gobierno perdió legitimidad. Su permanencia al frente de los destinos de la ciudad, se convirtió en motivo de resignación o de burla, y no en opción promisoria para hacer cierta la esperanza del progreso.

Carlos de Secondat, Barón de Montesquieu y padre de la democracia ya lo había sentenciado: “El progreso de la ciudad, depende de la capacidad del gobernante y del apoyo de sus ciudadanos”.

Cali merece un alcalde de verdad, no un remedo de alcalde.

@RRJARABA

Publicado: febrero 15 de 2021

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*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado Esp. Mg. Litigante. Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Conjuez. Árbitro en Derecho. Profesor Universitario. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.