Mis principios conservadores me hacían creer que la filiación política, al igual que el matrimonio, es para todo la vida.  Sin embargo, comprendí que cuando la esposa es quien renuncia a esos mismos principios y los sepulta para siempre, definitivamente no hay nada que hacer.

Eso me pasó con el Partido Conservador colombiano.  Ingresé oficialmente al partido en al año 2009, curiosamente y hasta ahora caigo en cuenta, el mismo año en que me casé con mi esposa María Paola.  Me afilié por invitación de un gran amigo, Eduardo Enríquez Caicedo, a quien le debo mucho, y lo hice con la convicción de que estaba tomando la mejor decisión de mi vida.

¿Cómo no enamorarse de los postulados de orden y autoridad defendidos a ultranza por el ideario conservador durante más de 160 años de historia republicana?  De inmediato, caí rendido a los píes del “Programa Conservador” de Caro y Ospina, publicado en el periódico La Civilización el 4 de octubre de 1849, el cual me atrevo a resumir de la siguiente manera:

Creemos en la Constitución y nos oponemos a cualquier forma de dictadura.

Creemos en las vías legales, NO en la justicia por mano propia.

Creemos en la moral Cristiana y su efecto redentor en la sociedad.

Creemos en la libertad, NO en el libertinaje.

Creemos en la igualdad ante la Ley y promovemos la tolerancia.

Creemos en la propiedad privada como expresión de libertad y desarrollo.

Creemos en la seguridad, el orden y la civilización.

Estos postulados, que hoy están más vigentes que nunca, fueron los que aprendí, valoré e interioricé durante el tiempo que estuve casado con el Partido Conservador.  Para ser sincero, no sé exactamente en qué momento empezó el desencanto al ver que las Directivas del partido, empezando por los congresistas, salvo contadas y valiosas excepciones, se prostituían con el gobierno de turno.

Cada desplante y desengaño fue mayor con el paso de los años, pero definitivamente la gota que derramó la copa fue el desconocimiento del concubinato llamado “Unidad Nacional” a los resultados del plebiscito del pasado 2 de octubre.  Todo lo podía entender y aguantar, menos que el partido de la institucionalidad y la legalidad decidiera abortar la voluntad popular por satisfacer la fornicación del gobierno con las Farc.

Como en toda separación, lo más doloroso es lo que tiene que ver con los hijos.  Mi “descendencia” en el Partido Conservador fue el centenar de jóvenes con quienes integramos el Gabinete Conservador Juvenil, un semillero que en poco tiempo dio frutos maravillosos.  Fue precisamente este equipo el que me acompañó en las elecciones a la Cámara de Representantes por Bogotá en 2014 y con el que orgullosamente obtuvimos la tercera mayor votación del partido en el Distrito Capital.

¿Por qué no seguir luchando por y con las Nuevas Generaciones del partido?  Porque lamentablemente los malos hábitos de los padres tienden a ser imitados por los hijos y debo decir que algunos de ellos también me decepcionaron profundamente.

En febrero pasado no soporté más la situación y, tras 8 años de matrimonio, radiqué mi carta de divorcio en el Directorio Nacional Conservador.  Desde entonces, me siento tranquilo y creo que es posible que me vuelva a enamorar.

P.D.  La intervención de los congresistas conservadores en la Comisión Primera de Cámara para hundir el referendo sobre adopción fue sencillamente deplorable y bochornosa.  Siento pena ajena.

@jjUscategui

Publicado: mayo 15 de 2017