Esta semana, por fin, se realizó un cambio que absolutamente todo el  País estaba esperando: asumió la nueva cúpula militar. Después de varios años de derrotas constantes y rendiciones de facto contra la criminalidad llegó un nuevo aire a las instituciones más queridas por todos los colombianos.

Como tal, desde que iniciaron las imperfectas negociaciones en la Habana a nuestras Fuerzas Militares les amarraron las manos para dejar intactos a los peores criminales que ha visto el País. Se suspendieron los bombardeos, las fumigaciones aéreas y se perdió el control territorial sobre estratégicas zonas de la geografía nacional.

Como consecuencia, el narcotráfico está reinando,  la extorsión es constante en muchos departamentos y las ollas de expendedores en todas las ciudades se volvieron prácticamente intocables.

Todo esto, sin contar el riesgo jurídico, además de la humillación, que significa que los héroes de la Patria sean ahora juzgados por la JEP, una institución completamente parcializada que mantiene el miedo vigente de ver militares presos y guerrilleros ocupando altos cargos del Estado. 

Por eso, la decisión del Presidente de renovar las cabezas de la institucionalidad castrense ha sido una de las más acertadas que ha tomado hasta ahora –aunque algo tarde, valga decir-. Esto, en términos sencillos, es un gran regalo de navidad para todos los colombianos.

La seguridad es un valor democrático que no ha de tener tinte político, es el principal deber, y la esencial razón de ser, del Gobierno  y, por ello, requiere que verdaderos comandantes ejerzan el liderazgo de una tropa que, hoy en día, está completamente desmotivada y sin un norte fijo.

De las primeras acciones que deben tomar es recuperar la presencia militar en zonas como el Catatumbo, que está completamente cooptado por el narcoterrorismo, retomar los bombardeos contra los laboratorios de cocaína, desplegar la ofensiva contra las “disidencias” de las Farc e, inclusive, estudiar la posibilidad de intervenir conjuntamente con los mandatarios locales ciertos lugares de las ciudades donde no existe la más mínima presencia de la institucionalidad y que se están llevando por completo la vida de una juventud desprotegida.

Retomar el rumbo perdido no es tarea fácil ni es algo que se va a lograr en una semana, pero con el compromiso de esta administración y la capacidad de unos generales que no se quiebren ante la coyuntura, sino que prevalezcan en el cumplimiento del deber, con seguridad Colombia volverá a disfrutar de la tranquilidad que una vez gozó pero que la impunidad se llevó.

@Tatacabello

Publicado: diciembre 21 de 2018