La captura del exmagistrado y expresidente de la Corte Suprema de Justicia, Francisco Ricaurte generó diferentes reacciones, en su mayoría y según el termómetro de redes sociales fue de celebraciones a rabiar. Particularmente me generó dolor -no por la humanidad del exmagistrado Ricaurte quien deberá responder por sus actuaciones delictivas, y de ser responsable, que caiga sobre él todo el peso del imperio de la ley-, sino por lo que él representa para la Justicia.

Soy un agudo e intenso defensor de los valores democráticos, de la majestad que representa la Constitución Política, de la institucionalidad, del rescate de los partidos políticos, pero, sobre todo, soy un convencido de la importancia y del peso que representa para la sociedad la Justicia, el ordenamiento jurídico. El calamitoso y vulgar caso de los exmagistrados Francisco Ricaurte, Leonidas Bustos, Camilo Tarquino, y del magistrado en ejercicio Gustavo Malo, puede ser, de no ser manejado con responsabilidad y serenidad la cuota definitiva para lanzarnos al abismo demagógico, populista, político y electoral que recorrió Venezuela al finalizar la década de los noventa.

Todos sabemos que tocamos fondo, y de qué manera. La corrupción es un cáncer endémico de la sociedad colombiana, que nos involucra, nos sumerge, y nos hace responsable a todos, otro es el caso, pretender negarlo y seguir señalando con el dedo vengativo y sentenciador, responsabilidad en los demás, especialmente en la clase política, y ahora en el poder judicial, esa tarea es fácil y ligera, podemos seguir en esa carnicería. También podemos seguir aplaudiendo y avalando soluciones oportunistas y desesperadas para acabar con la corrupción como lo viene haciendo el Partido Verde con su propuesta inútil de un referendo “anticorrupción” o creer que la propuesta de los partidos políticos, precandidatos presidenciales, académicos, directores de medios de comunicación, periodistas, y hasta de los criminales de las Farc es la cierta, única y efectiva para salvar y sacar a Colombia del lodazal donde nos revolcamos.

La solución no es reformar por reformar la Justicia, si fuera por reformas, Colombia seria la Dinamarca de Sur América, aquí se ha reformado todo, se ha cambiado todo y seguimos siendo la Cundinamarca de siempre. Todo lo que se proponga en vísperas de elecciones congresional y presidenciales tiene interés y cálculo electoral, momentáneo, que busca activar emociones e indignaciones colectivas que de ser aceptadas y aprobadas terminaran siendo más penosas y gravosas que la actual crisis de corrupción. Si tuviéramos unos instantes de tranquilidad, de madurez política, y nos alejáramos de la perturbación informativa, se debería aplazar para después de elecciones y cuando se conozca quien es el nuevo Presidente de Colombia, cualquier decisión sobre reforma al aparato judicial, sería irresponsable, peligroso y demoledor para lo que significa el valor de la Justicia intentar e imponer decisiones que modifiquen la estructura judicial; por ahora, que se investigue, judicialice y condene a estos sinvergüenzas exmagistrados y magistrados que deshonran la juridicidad. Las soluciones deben venir de consensos, sumatorias de ideas, de moldear pesos y contra pesos, aquí lo que se requiere es la convocatoria de los mejores estadistas, esto no es un problema menor, no es un problema político, es un grave problema de Estado, nada más ni nada menos, se nos corrompió la sal.

@LaureanoTirado

Publicado: septiembre 25 de 2017