Existe la convicción de que quienes se imponen en los procesos sociales, son los que se encargan de escribir la historia. 

En el caso de la segunda guerra mundial, el mundo pudo conocer la dimensión de los horrores cometidos por el régimen nazi.

La humanidad se enteró de la existencia de los campos de concentración y de las atrocidades que allí sucedieron, gracias a que las fuerzas aliadas pudieron destrozar al ejército de Hitler. 

Si el resultado de esa guerra hubiera sido distinto, el mundo habría sucumbido ante el totalitarismo racista, y el holocausto judío habría tenido una mayor dimensión.

El conocimiento de los hechos, además de permitir la acción de la justicia, ejerce una labor aleccionadora para las sociedades. Hoy, empezando por Alemania, abundan las democracias que sancionan penalmente la apología del nazismo y la negación del holocausto.

Santos trazó un acuerdo con la banda terrorista de las Farc, partiendo de la base de que el Estado y la guerrilla estaban al mismo nivel. Su negociación, no fue la de un Estado triunfante contra un grupo reducido de delincuentes, en la que se procuraba que sus integrantes entregaran las armas, procedieran a su desmovilización y posterior reincorporación a la legalidad y recibieran la correspondiente sanción penal. 

Con el cuento de que en Colombia existe un conflicto armado interno, las Farc se convirtieron en un grupo susceptible de recibir un tratamiento de organización política, cuando los hechos evidencian que, en efecto, se trata de una banda delincuencial de la más alta peligrosidad. 

De acuerdo con los informes especializados de agencias como la DEA, las Farc controlan más del 60% del tráfico de estupefacientes de nuestro país. 

En el informe de 2017 de la DEA, cuando ya estaba suscrito el acuerdo Farc-Santos, se concluye que las dos estructuras narcotraficantes más grandes de Colombia, son las Farc y el denominado Clan del Golfo. 

Desde el año 1997, el Departamento de Estado de los Estados Unidos incluyó a las Farc en la categoría de “grupo terrorista”. Después de 3 años de la firma del acuerdo con Santos, ese grupo continúa en el listado que elabora el gobierno estadounidense. 

El grueso de los cabecillas de las Farc, empezando por el capo alias Timochenko, tienen cuentas pendientes con la justicia estadounidense, razón por la que contra ellos pesan sendos pedidos de extradición.

Al calificar a las Farc como grupo “político”, Santos logró que buena parte de sus crímenes -casi todos- quedaran subsumidos por esa condición y pudieran recibir amnistía o alivios judiciales. 

Así, en un abrir y cerrar de ojos, los peores violadores de los Derechos Humanos de nuestra historia, quedaron libres e impunes. Jamás responderán por los actos de barbarie que cometieron, ni mucho menos asumirán su responsabilidad frente a las mismas. 

Pero la impunidad no fue suficiente. También había que limpiar ante la historia, la imagen de esa banda delincuencial. 

La ley de víctimas -que más parece un elogio a los victimarios-, creó el denominado “Centro de Memoria Histórica”, entidad con la que los amigos y defensores de la guerrilla pretendía deformar los hechos, incorporando una narrativa totalmente benigna con la guerrilla y dramáticamente rigurosa con los agentes del Estado. 

Si la guerrilla hubiera ganado la guerra, no le habría ido tan bien como terminó yéndole con Santos: los terroristas, ante la historia, empezaron a ser presentados como unos desvalidos que se vieron obligados a tomar las armas para enfrentar a un Estado excluyente y perseguidor. 

Con la victoria de Iván Duque, se produjo la designación de Darío Acevedo, un académico a carta cabal, hombre de gran rigor y respeto por los hechos históricos, como director del Centro de Memoria Histórica.

Acevedo, como es natural, no está dispuesto a permitir que la extrema izquierda imponga su visión maniquea de la tragedia terrorista que se ha vivido en nuestro país, y en la que las Farc tienen el grueso de la responsabilidad. 

Por respeto con la sociedad, pero específicamente con las víctimas de la guerrilla terrorista, la memoria histórica debe ser fiel y objetiva. El plan de Santos y la extrema izquierda -en criterio de algunos, se trata de la misma cosa-, consistía en alterar alevosamente los hechos, para efectos de convertirá las Farc, por arte de birlibirloque, en un grupo de sufridas víctimas de un Estado opresor. 

Se quedarán con las ganas, pues el profesor Darío Acevedo no se prestará para que aquel plan sea exitoso. 

@IrreverentesCol

Publicado: noviembre 6 de 2019