Ha quedado claro, más allá de toda duda razonable, que la JEP es una farsa antidemocrática, que, como lo he dicho cientos de veces en este mismo espacio, busca, por una parte, exculpar de toda responsabilidad a los bandidos de las Farc, y, por otra, perseguir a los miembros de la Fuerza Pública y a los particulares, que, desde la institucionalidad y la civilidad, han defendido con ahínco la salud de la República. No hay que gastar más tiza en eso: la JEP es una cloaca que trata de ocultar los “excrementos” de la guerrilla.

El caso del narcoterrorista alias Jesús Santrich es la muestra irrefutable de que la JEP es todo menos un tribunal de justicia. Haciendo uso de argucias jurídicas pueriles, unos seudomagistrados, dejaron en libertad a ese hampón, a sabiendas de que había delinquido después de la firma de los malhadados acuerdos habaneros; y lo soltaron para que se volara y corriera al regazo de las “disidencias” del Paisa e Iván Márquez, o, lo que es aún peor, para que se apoltronara en el Salón Elíptico a pontificar sobre lo divino y lo humano. Esos togados de pacotilla han obstruido de manera descarada la justicia norteamericana y, de paso, también han prostituido la nuestra, que ya bastante maltrecha estaba.

De no haber sido por la oportuna intervención del presidente Iván Duque y la Fiscalía General, Santrich habría cumplido el sueño de Pablo Escobar: “traquetear” y ocupar al tiempo una curul en el Congreso de Colombia. ¡Habrase visto semejante despropósito! ¡Como sociedad no hemos terminado de superar y pagar el legado maldito del jefe del cartel de Medellín, como para lidiar ahora con la desgracia infinita que implica la impunidad regalada por el tartufo Santos a esos a miserables de las Farc!

La JEP es el caballito de batalla de la izquierda colombiana para hacer proselitismo político; es un vehículo para treparse al poder a través de fallos judiciales espurios -y no con los votos de la mayoría como corresponde-. Esto se conoce como litigio estratégico: esa ralea sabe que, por la buenas y democráticamente, jamás se hará al poder. Por lo tanto, se sirve de diversos mecanismos (todas las formas de lucha) para infiltrar el Estado y la sociedad, tratando de reescribir la historia a su acomodo y buscando trastocar los fundamentos sociales y morales de todo un pueblo. El caso Santrich es el mejor ejemplo de lo anterior. ¡Están pillados, mamertos!

El tema jurídico es así: la captura de Santrich se ajusta a derecho, pues se trata -como está probado por cuenta de un video, que no admite mayor debate- de conductas cometidas con posterioridad a la firma de los acuerdos. En consecuencia, la justicia ordinaria tiene plena competencia para procesar a ese narcoterrorista. Santrich no vio venir el video y mucho menos que sus socios de fechorías, como Marlon Marín, les soltaran toda la sopa a los gringos. La joya de Marín le ha dicho a la justicia norteamericana que junto al “cieguito inocente”, pensaban mover cientos de toneladas de cocaína. Por fortuna, se les cayeron la “vuelta” y la estantería a estos bellacos.

De las crisis siempre surgen oportunidades y enseñanzas: tenemos un jefe de Estado y de gobierno absolutamente comprometido con el país y su futuro. Renuevo mi confianza en el presidente Duque; debemos rodearlo y apoyarlo sin restricciones. Que nadie se atreva a dudarlo: Iván Duque seguirá enfrentando con decisión la impunidad otorgada a las Farc. Tenemos presidente, pues, sin su concurso, Santrich estaría ahora muy orondo y dichoso, y no amenazando con suicidarse, como una adolescente desequilibrada.

Hay que aceptarlo también: la falsa paz del tartufo Santos y el caso Santrich han traído cosas buenas: ayudaron a que “salieran del clóset” los enemigos de la República; ya sabemos quiénes son y de qué lado están: los Roy, Benedettis, Robledos, Cepedas, Petros, Goebertus, Avellas, López, Samperes, De la Calle, y muchos palangristas disfrazados de periodistas objetivos, entre otros tantos mamertos apátridas que solo buscan el fracaso del Gobierno para cosechar el caos, que, según ellos, habrá de llevarlos al poder. Primero tendrán que pasar por encima de todo un pueblo dispuesto a hacerse matar por preservar la democracia y alejar a la patria del cáncer del socialismo y la ignominia.

He recibido muchos mensajes, preguntándome si Santrich será extraditado, como en derecho corresponde, y yo he contestado a todos lo siguiente: quizás, quizás, quizás.

La ñapa I: Reconozco en Néstor Humberto Martínez un patriota a carta cabal. Mis respetos y admiración para él.

La ñapa II: Los falsos positivos son una práctica abominable que desdice del honor militar. De eso no hay la menor duda; cosa distinta es que la Fuerza Pública cumpla con su deber, aumentando las operaciones militares y dando de baja a todo aquel que se resista a la acción legítima del Estado (esto último es un deber insoslayable). El artículo del New York Times, aupado desde Colombia por la izquierda, busca desacreditar a nuestros soldados, cuya labor es proteger a la gente de bien y abatir, cuando sea necesario, a los bandidos. El tartufo Juan Manuel Santos acostumbró a los mamertos a que la Fuerza Pública fuese una convidada de piedra; pero, con el presidente Duque, se acabó el recreo. ¡Agárrense!

@DELAESPRIELLAE

Publicado: mayo 19 de 2019