Valle es “llanura entre montes o alturas”; cañón es “paso estrecho entre dos altas montañas”. Por eso, decir Valle de Aburrá, es una típica exageración paisa. Nosotros debimos llamarlo “Cañón del Aburrá”, pero, para chicanear, lo bautizamos pomposamente “Valle de Aburrá”. (Permítaseme una primera digresión en una artículo que en sí mismo es una digresión: digo ’chicanear’, y digo bien, porque en el país paisa, ese modismo es “mentar algo públicamente y con intención de atraer admiración sobre uno mismo”, no como en Argentina, donde es “dilatar un juicio de mala fe”).

Pues bien. En este bello Valle de Aburrá, está Medellín, la ciudad, sin exageraciones, de la eterna primavera y capital del departamento de Antioquia. Los antioqueños, antes del cada vez más apabullante proceso de homogeneización de los grupos humanos, éramos, tal vez, el grupo más caracterizado de Colombia y uno de los más en América hispana. Eso se nota muy claro en toda la obra del Cervantes nuestro -déjenme exagerar- Tomás Carrasquilla.

Frutos de Mi Tierra, fue, a la vez, la primera novela antioqueña y la primera novela urbana colombiana. La traigo a colación, porque en esa obra se ve bien que todavía en la última década del siglo XIX, un colombiano era un extranjero en Antioquia. Los señoritongos Martín Gala y Cesar Pinto, caucano y bogotano respectivamente, llegan a Medellín y los personajes paisas de la obra se refieren a ellos como “los colombianos”.

La idiosincrasia antioqueña es tan fuerte, que hace que nadie vaya por ahí diciendo yo soy medellinense. De hecho no hay ‘medellinenses’. Todos somos antioqueños, se esté en Amalfi, Jericó, La Ceja, Urabá o Medellín. Medellín no tiene himno ni bandera -o, si los tiene, pesan tan poquito que yo hasta hoy no lo sabía-. Aquí cantamos el himno y hacemos ondear la bandera de Antioquia. Eso hace que el gobernador de Antioquia y el alcalde de Medellín sean, para usar otro de nuestros modismos, ‘llaves’. Tienen oficina en edificios mellizos, uno al lado del otro, en una unidad que llamamos La Alpujarra. El alcalde podría saludar al gobernador por las mañanas haciéndole señas desde su terraza, porque ambas están a la misma altura. Así las hizo construir Bernardo Guerra, quien fue alcalde y gobernador, tal como lo fueron también Álvaro Uribe, Álvaro Villegas, Luis Alfredo, Fajardo, Luis Pérez y ahora Anibal.

Toda esta digresión para llegar a un asunto que me tiene cabezón, para usar un penúltimo modismo. A todos los anteriores alcaldes y gobernadores, con sus virtudes y sus defectos, los sentimos de aquí. Son exponentes -lo digo con otro modismo y prometo no usar uno más- de la verraquera paisa.

El actual alcalde, en cambio -sí, me refiero a Daniel Quintero-, no es ni de lejos un exponente de ese carácter o talante. Siente uno que como que se fue hace quince años, y que cuando regresó, trajo todas la mañas de por allá, conservó las de por aquí y, para colmo de males, ni aprendió virtudes de por allá y olvidó las de por aquí.         

Quintero es un alcalde muy “César Pinto”, el sobrino bogotano de la novela de Carrasquilla, que se las da de “cachaquito bastante regular, lociones, ropas finas y exhibe una forma de hablar y unas maneras tan refinadas” que traía enamoradas a muchas mujeres, que muy pronto han descubierto que lo que hay es  mucho buche y pluma. Anoto que lo de forma de hablar y refinado se refiere al personaje de Carrasquilla, ¡que de Quintero de refinado…! 

Quintero es un alcalde muy “Martín Gala”, joven rico del Cauca y estudiante en Medellín -como describe el critico literario Jaime Alejandro Ruiz al personaje de Carrasquilla- “que mantiene poses del cachaco bogotano, que escribe poemas y los recita en la universidad, compra caballo fino, bastón, vestidos lujosos, lociones, lee a Byron y lo erige en modelo de vida”.

Quiero decir, en fin, que Quintero me parece un alcalde muy light, muy bluf, muy ‘pinturita’, muy jactancioso con lo que tiene o aspira a tener, muy fanfarrón con sus proezas izquierdistas y despreciativo con nuestra cultura, a la que se refiere como la “extrema derecha”.

Que es un alcalde que estuvo bien para viceministro de Santos, tal como el sujeto que hoy está de Secretario de Gobierno en Bogotá y que parece su gemelo. Funcionarios que a toda hora miran en el  espejo a ver si el maquillaje está al bien, que estrenan gafas estrambóticas, compiten por ser los más ‘progres’ y los  más políticamente correctos. 

Un alcalde que predica que a los vándalos se les enfrenta con agua y jabón y que se refiere al ESMAD como brazo armado de la extrema derecha. Un alcalde que se posesionó en la Universidad de Antioquia, pero que le importa un bledo que esté cerrada desde tres meses antes de la posesión y mes y medio después de ella, pues, según su dicho rimbombante, no quiere pelear con la esperanza.

Alcalde a quien los antioqueños, cuando lo vemos u oímos, no se nos ocurre otra cosa que pensar en Dios y pedirle que, de sus exabruptos, “nos libre, nos guarde y nos favorezca”.

@JOSEOBDULIO

Publicado: febrero 10 de 2020