En 1996, los medios de comunicación registraron el secuestro por parte de las FARC-EP, de una comisión de técnicos en telecomunicaciones que se encontraban en las montañas de La Felisa Caldas. En esa ocasión, la guerrilla se llevó a dos españoles, un argelino y tres colombianos, entre ellos a mi hermano. Se supone que por su liberación luego de ocho meses de secuestro, desde España llegó el dinero del rescate. Por mi hermano no hubo que pagar, porque él siempre guardó silencio y se negó a entregar información sobre su familia, y luego de escasos días de secuestro, nos contó, que siempre les dijo que nadie estaría interesado en su liberación y que la única persona a quien podría preocuparle sería a su progenitora, pero que prefería que no se enterara, por cuanto la noticia, no le causaría más que un fuerte dolor y que dinero, no había ni siquiera para los calmantes.

Mi hermano nos narró, que en su tiempo con los guerrilleros, pasó jornadas de escasa comida y largas caminatas, y como en casa tuvimos acceso a toda cuanta literatura política llegaba de Hungría y de prensa soviética a nuestro padre, quien nunca nos ocultó su línea de pensamiento socialista; con esa lecciones, les tiró tanto la línea a las milicias, que terminaron aburriéndose con él, prefiriendo liberarlo que soportar la crítica descarnada, sobre como algún día, terminarían siendo traicionados por una élite, que llena de años y dinero, entregarían la causa al establecimiento.

Pero como el que no es perro lo capan más de una vez, en 1999, volvió a caer en manos de los guerrilleros, esta vez en el cerro Pan de Azúcar, en Palmira Valle. Quince colombianos, todos trabajadores de la empresa Alcatel, fueron secuestrados y conducidos al Caguan por la ruta de Planadas hacia Neiva. La constante indisciplina de los secuestrados y los fuertes combates que se libraban en la zona por fuera del anillo de despeje, y las mismas y repetidas críticas, sumado a la advertencia del riesgo de tener civiles en medio del combate, hicieron que la insurgencia se “mamara” literalmente de tan selecto grupo, el mismo que en los días de cautiverio, muy temprano les proponía hacer tertulia política sobre la finalidad de la guerra y sobre lo que podría aparecer más allá de la montaña, cuando la paz como antagonista de la guerra, se convirtiera en el nuevo negocio de las élites.

Ni loco que fuera mi hermano, ni visionario o posiblemente pragmático. Hoy la paz es el mejor negocio. Por eso las élites se metieron en él y se apropiaron de ella. Todo gira en torno a la paz, pero sólo como vocablo. Se olvidan que la verdadera paz es aquella que garantiza mínimos de justicia, de felicidad material y espiritual que brinden calidad de vida a los seres humanos, en armonía con el planeta. Sencillamente.

@AlirioMoreno