Tenemos una responsabilidad humanitaria con los hermanos del vecino país. De ahí la importancia de tenderles la mano y ayudarlos.

La migración masiva de venezolanos a Colombia parece que está pasando de “agache”. Poco se habla en los medios de comunicación y, también, poco hablan las autoridades. Y si bien es cierto que no se puede desconocer la gravísima situación por la que atraviesa nuestro país hermano, tampoco se puede negar el impacto que este fenómeno está generando en la zona fronteriza, principalmente.

¡Urge buscar soluciones!, tanto para los venezolanos como para los colombianos. Por una parte, tenemos una responsabilidad humanitaria con los hermanos del vecino país. De ahí la importancia de tenderles la mano y crear una serie de estrategias, que respondan al fenómeno que se está presentando.

Por otra parte, no podemos comprometer la seguridad  y el bienestar de los nuestros. En las zonas fronterizas, los índices de inseguridad se han visto afectados por la inmigración de venezolanos que, al ingresar de manera irregular a nuestro territorio, buscan en el crimen su sustento. Otros se han dedicado al ejercicio del trabajo sexual. Estos últimos no se han asentado, necesariamente, cerca de la frontera. Eso, por ejemplo, se puede apreciar en Bogotá, donde la presencia de algunos venezolanos ejerciendo la prostitución es notable. Claro, no se puede generalizar. No todos se dedican al crimen o a la prostitución.

Obvio, hay que ser enfáticos con algo: el crimen es condenable y debe ser perseguido con toda la fuerza de la ley; y el trabajo sexual necesita ser regulado con urgencia para extranjeros y nacionales. En el caso del crimen, la labor policiva se hace necesaria, pero será siempre insuficiente. Y en el de la prostitución es fundamental recordar que en el país la prostitución no es ilegal, por lo que el problema se hace aún más complejo.

En Colombia, la prostitución es perseguida moralmente, pero sin justificación legal. En consecuencia, las personas que ejercen el trabajo sexual deben padecer abusos y grandes riesgos. Ahora, con la llegada de centenares de personas de otro país, que vienen a ejercer el trabajo sexual, esto se ha convertido en el preámbulo perfecto para un cúmulo de tragedias.

Cabe anotar que las medidas para proteger a las mujeres colombianas que trabajan en la prostitución (97 % de las personas que ejercen el trabajo sexual en Colombia son mujeres) son insuficientes, y las obligaciones del Estado frente a ellas son difusas. Y el drama es mayor si a esto le agregamos la situación que afrontan quienes ingresan a Colombia de manera irregular con este mismo propósito, y no pueden acudir a la protección del Estado.

La línea entre el trabajo sexual y la trata ilegal de personas es delgada, más en un país que no tiene regulaciones serias para un trabajo que expone de manera tan grave a las personas que lo ejercen.  En efecto, Colombia no está hoy en capacidad de recibir a los desplazados económicos y políticos de Venezuela, ¡esa es la verdad!

Según Migración Colombia, en lo que va corrido del año, se han deportado cerca de 1.600 venezolanos. Las cifras indican que han ingresado casi tantos venezolanos como los que han partido de nuevo hacia su país de origen, y que el fenómeno de migración tiende a ser transitorio en tanto que los migrantes pasan solo algunos días en nuestro territorio. Sin duda, el caso no es generalizado. Pero que esta sea la dinámica del fenómeno no lo hace menos grave y sí, en cambio, más difícil de controlar.

¿Y las soluciones? La deportación es una medida violenta que genera fuertes resentimientos, pero es necesaria también. Debemos, además, prestar los apoyos necesarios y dar garantías a procesos serios para las peticiones de asilo. Debemos asegurar la agilidad de los procesos de permisos de entrada y visas de trabajo, para desincentivar el ingreso irregular y las prácticas ilegales en nuestro país. Finalmente, es imperativo recalcar, una y otra vez, la importancia de que estos problemas no nos lleven a la xenofobia o la discriminación, en la que se cae demasiado pronto y demasiado fácil.

La realidad es que los problemas de Venezuela y los padecimientos de sus habitantes deben resolverse en su génesis: replantear su modelo económico que, evidentemente, es fallido; y la corrección subsiguiente de su corrupción abrumadora. La posición cobarde de nuestro gobierno frente a la situación que atraviesa el pueblo venezolano y frente a la destrucción total de su democracia, a manos del régimen mediocre y autoritario de Nicolás Maduro, debe cambiar. Sobre todo, ahora que la razón de nuestra complicidad ha dejado de existir con la firma de la paz.

@Tatacabello