En enero de 2016 el máximo líder de las Farc, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, aseguró que el 100% de los frentes y el 99% de los guerrilleros se desmovilizarían con el acuerdo de paz, eso sí, no sin antes hacer la salvedad de que cabía la posibilidad de que “uno que otro muchacho se descarrile”. Se sobreentendía que las excesivas concesiones por parte del gobierno (los sapos que nos teníamos que tragar) no podían ser a cambio de nada distinto a que la totalidad de las Farc dejaran las armas y que Colombia quedara en paz estable y duradera, como dijo Santos en su plebiscito.

Menos de un año después de firmar el acuerdo del Teatro Colón el panorama no podría ser más desalentador ya que ese “uno que otro” muchacho se convirtió en posiblemente unos 1.400 hombres que decidieron seguir delinquiendo y cuyo número va in crescendo. No es de extrañar que tomaran esa decisión porque este gobierno se ha caracterizado por la debilidad a la hora de luchar contra el lucrativo negocio de las drogas e inclusive incentivarlo, como piensa hacerlo con el proyecto de ley para que los dueños de pequeñas parcelas donde se cultivan drogas no vayan a la cárcel. Aunque no hay cifras oficiales sabemos a ciencia cierta que el Frente 1 de las Farc fue el primero en declararse en disidencia y que posiblemente otros tres Frentes y una columna móvil también partieron cobijas con el secretariado. Esto querría decir que más de mil hombres continúan en armas y que están reclutando (inclusive a menores de edad) para volver a conformar su ejército del terror.

Además de los casi 7.000 guerrilleros que se iban a desmovilizar estaban las milicias cuyo número nunca se estableció a ciencia cierta pero que se estimó que doblaban a los guerrilleros del monte. Los milicianos de las Farc son personajes que no necesariamente portaron el uniforme, pero si se encargaban desde las sombras de la logística, de hacer inteligencia, de infiltrar y de liderar el componente político. Los milicianos podrían ser la persona que uno menos se imaginara: el empleado de banco, el senador, su vecino, el policía, el periodista y, ¿por qué no?, el presidente. Siendo de la naturaleza del miliciano su capacidad de infiltrarse y de mantenerse en la clandestinidad poco sentido tendría para ellos salir de sus cómodas casas para enfrentarse a la JEP.  Lo más probable es que estos milicianos sigan activos y que algunos sigan la línea política de los que se acogieron al acuerdo de impunidad y de lavado de activos y que otros sigan en la línea de los que se quedaron en el monte. La verdad nunca se sabrá porque no hay forma de saber quiénes son ni donde viven.

Para el colmo de males en junio la ONU certificó que las Farc habían entregado la totalidad de sus armas. Alguien se ha preguntado ¿de dónde han sacado las armas las disidencias? Lo cierto es que esas disidencias o residuales o Farc como les deberíamos llamar están armadas hasta los dientes y es justo suponer que muchas de esas armas han debido salir de las caletas que aún no entregan, las mismas caletas que, por decreto presidencial, no tienen la obligación de entregar sino hasta dentro de seis meses.  Esto quiere decir que para las elecciones de marzo no habrán entregado las armas que se encuentran en las caletas. Por consiguiente, el brazo político de las Farc va a hacer política en armas. Se los dijimos, se los advertimos.

Al ritmo que va este proceso serán tantos los residuales, que los verdaderos disidentes terminarán por ser los pocos peces gordos que hacían parte de la mesa de La Habana. Y el legado de Juan Manuel Santos serán más de 200.000 hectáreas de coca, una guerrilla activa y no desmovilizada y la peor mamadera de gallo al pueblo colombiano esperanzado en la paz.

@ANIABELLO_R

Publicado: octubre 27 de 2017