Mucho se ha hablado en los últimos días sobre el caso de Sara Sofía Galván, la niña que, con escasos dos añitos de edad, se convirtió en un espejo que irremediablemente nos confronta con esa absurda y cruel realidad que envuelve a miles de niños en Colombia, y por qué no decirlo, en muchos países de América Latina. Sin embargo, y aún con lo espantoso, doloroso e indignante que pueda parecer el caso, al momento en que escribo estas líneas, y después de casi tres meses la niña no aparece, y da la sensación que la noticia estuviese pasando a un segundo plano.

Un caso más, una historia de tantas que aparecen un día, nos conmueve hasta las lágrimas, pero que así mismo un día cualquiera, esos terribles actos se van quedando dormidos en el imaginario colectivo de un país donde ya nada nos sorprende, porque hace muchos años nos acostumbramos a que a cada historia de infamia le sigue otra, y así la sociedad termina por normalizar lo que no es normal, y la violencia contra los niños, casi que se nos vuelve paisaje.

Mucho hemos avanzado en materia de protección y restitución de derechos a los niños; uno de los mayores logros se dio el año pasado cuando aprobamos en el Congreso la Cadena Perpetua contra violadores y asesinos de niños, también conseguimos aprobar la ley que permite la no prescriptibilidad de delitos sexuales contra niños, y más recientemente se aprobó la ley que prohíbe cualquier tipo de castigo físico, y esta era una deuda que teníamos con la niñez colombiana.

Pero aún con todo y esto, no podemos tapar el sol con un dedo; el panorama para los niños sigue siendo desalentador, y es mucho lo que nos falta para garantizar a los niños un entorno seguro física y emocionalmente. Para no ir muy lejos, un reciente informe de la Fiscalía reveló que solo entre enero y febrero de este año, más de mil menores han sido víctimas de delitos sexuales en Colombia. El informe advierte de manera tajante que en promedio cada día se registran 25 casos de abuso y agresiones sexuales contra menores en el país, y en este sentido hay que recordar que la violencia infantil tiene muchas aristas.


Cifras del Ministerio de Trabajo también dan cuenta que en Colombia cerca de 796.000 niños, niñas y adolescentes, entre 5 y 17 años, son víctimas de explotación laboral infantil.

Esto sin contar flagelos como el secuestro, el reclutamiento forzado por parte de grupos armados al margen de la ley, y también, como el caso de Sarita, la desaparición forzada y otra serie de hechos victimizantes que se cometen justo contra ellos, los más indefensos, los más vulnerables, los que -se supone- son el futuro del país.  ¡Qué difícil resulta ser niño en Colombia!

Yo no creo que se nos haya vuelto normal ver a niñas de 10 y 12 años en embarazo, o ejerciendo la prostitución infantil, o la explotación laboral a que aún son sometidos tantos menores. Por tanto, es imperativo encontrar la raíz del mal, y créanme, la respuesta está en nosotros mismos: sí, en nosotros, que callamos cuando vemos un niño maltratado por sus padres o tutores. En nosotros que vemos a un niño trabajando en un semáforo y antes que denunciar, nos sentimos mejor regalándole una moneda, ignorando que detrás de cada niño explotado, siempre hay un adulto explotador, detrás de cada niña embarazada hay un abusador y detrás de cada niña que ejerce la prostitución hay un miserable proxeneta que se lucra de esta infamia.

Los colegios, por ejemplo, otrora nuestra ‘segunda casa’, hoy están infiltrados por un pequeño grupo de profesores que acosan y abusan sexualmente de niños y niñas, y lamentablemente este tipo de abusadores, por absurdo que parezca, en algunos casos son protegidos soterradamente por rectores, y por sindicatos que guardan silencio cómplice, y hasta se indignan cuando se les confronta. Recientemente me ocurrió en Villavicencio tras una columna en la que desnudé la realidad de algunos docentes acusados de acoso y abuso sexual. Los ‘indignados’ sindicalistas emitieron un comunicado diciendo que yo los estaba estigmatizando. De ese tamaño es nuestro escepticismo e indolencia.

Estamos en abril, mes de los niños, donde tirios y troyanos se rasgan las vestiduras hablando de los derechos de los niños, pero pocos se atreven a tomar acciones reales para detener el flagelo de la violencia contra ellos. Exigimos acciones por parte de las autoridades, de las instituciones, del Estado, y eso está bien. Pero, y nosotros como ciudadanos ¿qué estamos haciendo para cambiar la historia? Nos duele cuando vemos a un niño maltratado, pero callamos porque el maltratador es mi cuñado, mi vecino o mi amigo. Nos indignamos cuando por desgracia un menor de edad muere en un bombardeo, pero defendemos a los criminales que reclutaron a ese menor, le robaron su infancia, le dieron un arma y lo enseñaron a matar. Han pasado casi tres meses desde que se reportó su desaparición, y Sarita no aparece. Debo confesar que en mi corazón abrigo la esperanza que las autoridades la encuentren y aún esté con vida. Me niego a creer que tanta crueldad, tanta ignominia pueda ensañarse contra una niña inocente. Me niego a creer que a los colombianos se nos esté cauterizando el alma, al punto de normalizar lo que nunca puede ser normal. Reitero; qué difícil resulta ser niño en Colombia, y esto solo lo vamos a cambiar el día que todos despertemos de este letargo.

@JenniferAriasF

Publicado: abril 8 de 2021